Marcelo Pérez.

Opinión: La inflación del Excel y la del changuito

Hay pocas cosas que los argentinos hayamos aprendido a hacer con tanta precisión, últimamente, como comparar precios. Alcanza con ir al supermercado.

Antes uno iba, compraba y volvía. Ahora uno va, compra, mira el ticket, hace cuentas mentalmente y sale preguntándose en qué momento una compra parecida a la de la semana pasada terminó costando ahora bastante más.

La inflación nos convirtió, a todos, en una especie de economistas de entrecasa.

En agosto, el IPC registró una inflación del 1,7%. Ese es el dato oficial del INDEC y no hay razón seria para poner en duda, por ese solo dato, la medición estadística

El problema es otro. Uno mira el 1,7%, mira el changuito, las cuentas y empieza a sospechar que están hablando de dos países distintos.

Uno vive en el Excel. El otro vive en la verdulería, en la estación de servicio, en la farmacia, en las boletas, en las cuotas y en la cuenta del supermercado. La realidad misma, de casi todos. No de todos, pero de una inmensa mayoría.

La inflación es 1,7%. ¿Y mi inflación cuánto es? Acá aparece una pequeña dificultad con una palabra que usamos todos los días: inflación.

El IPC (índice de precios) mide la variación de precios de una canasta representativa del consumo de los hogares. No mide exactamente cuánto aumentó “tu vida”, sino cuánto aumentaron, en promedio, los bienes y servicios que componen esa canasta.

El propio INDEC explica que IPC, inflación y costo de vida no son exactamente sinónimos. Parece una sutileza técnica. Hasta que llega el supermercado.

Porque si el promedio dice 1,7%, pero los productos que una familia compra habitualmente aumentaron más, aparece una pequeña dificultad: la economía doméstica no se maneja con el promedio. Se maneja con las facturas y costos que llegan todos los meses.

Y las facturas tienen la desagradable costumbre de no conocer el IPC.

El famoso promedio. A ver, supongamos que tenemos diez personas. Nueve no comen carne y una come un asado todos los domingos. El promedio puede mostrarnos un determinado nivel de consumo, pero no nos cuenta toda la historia. Porque la décima persona existe. Y probablemente sea argentina.

Con la inflación pasa algo parecido. Una persona que tiene casa propia, no paga colegio privado, utiliza poco el auto y tiene pocos gastos de salud puede experimentar una inflación muy diferente de otra que alquila, tiene hijos, paga combustible, medicamentos, escuela, seguro y supermercado.

Por eso, cuando hablamos de inflación, el promedio sirve para medir una realidad global, pero no necesariamente describe cómo vive cada familia el aumento del costo de vida.

Las dos están diciendo la verdad. Y ninguna está contradiciendo al INDEC.
Entonces, ¿el 1,7% es falso? No. Y acá está justamente lo interesante: que un número sea correcto no significa que sea suficiente para describir la experiencia económica de todos los argentinos.

En agosto, mientras el IPC registró 1,7%, el índice de precios mayoristas aumentó 2,1% y el costo de la construcción en el Gran Buenos Aires, 2,5%. No significa que el IPC debería haber dado 2,1% o 2,5%. Son índices diferentes y miden cosas diferentes.

Pero sirven para recordar algo bastante sencillo: la economía no se mueve como un bloque perfectamente uniforme. Hay precios que suben más. Otros que suben menos. Eso sí, casi ninguno baja.

Y el promedio hace su trabajo: los junta a todos, los pondera y produce un número.

El problema es que el promedio es muy educado con los extremos. Los acomoda. Los ordena. Los pondera. Y después los presenta prolijamente.

El changuito, en cambio, no pondera nada. Si la papa aumenta mucho, no pregunta cuánto “pesa” la papa dentro de la canasta. La papa aumenta. Y punto.

El supermercado tampoco leyó el comunicado. Después del 1,7% de agosto apareció otra cuestión. Los primeros relevamientos de septiembre mostraron cierta presión sobre los alimentos, aunque con diferencias entre las mediciones privadas.

LCG registró una suba semanal del 3% en alimentos y bebidas durante la segunda semana de septiembre. Analytica (otra consultora) para el mismo período, registró una variación menor.

El REM del Banco Central ubicó en 1,8% su expectativa de inflación para septiembre. No estamos hablando de una hiperinflación escondida debajo de la alfombra. Estamos hablando de algo bastante menos espectacular y, probablemente, bastante más importante: lo difícil que resulta seguir bajando la inflación cuando determinados componentes de la economía todavía aumentan con fuerza.

Porque bajar de 20 a 5 es una cosa. Bajar de 2 a 1 es otra. Y aparentemente la inflación también tiene sus pisos. Como los departamentos. Como los sueldos. O como el humor social.

Bajar la inflación no es lo mismo que bajar los precios. Acá aparece otra confusión bastante habitual. Que la inflación baje no significa que los precios vuelvan al lugar donde estaban. Significa que aumentan más lentamente.

Si algo costaba $400 y pasó a costar $2.050, como la nafta, por ejemplo —un incremento acumulado de aproximadamente 412% y que es mayor a la inflación acumulada—, y después deja de aumentar, ese precio deja de generar inflación.

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Pero hay algo que no cambia: el precio sigue siendo de $2.050 el litro. La inflación puede bajar e incluso llegar a cero, pero eso no significa que los precios vuelvan a ser los que eran antes. Una cosa es que los precios dejen de aumentar y otra muy distinta es que bajen.

Hay una generación entera de argentinos que conoce perfectamente este concepto. Lo aprendió a la fuerza. Por eso una sociedad puede recibir con alivio una desaceleración de la inflación y, al mismo tiempo, seguir sintiendo que vivir cuesta demasiado o cada vez más. No hay contradicción. La inflación puede estar bajando. Y el costo acumulado de todo lo que ya aumentó puede seguir pesando.

Por eso la discusión interesante no es si el INDEC dice la verdad o si alguien miente. Esa es la versión fácil de la discusión. La discusión seria es otra: ¿qué inflación está experimentando cada argentino?

Porque probablemente no haya una sola. Hay una inflación estadística. Hay una inflación de alimentos. Hay una inflación de servicios. Hay una inflación mayorista. Hay una inflación vinculada a la construcción. Y hay una inflación mucho más difícil de medir: la que aparece cuando una familia se sienta a fin de mes y descubre que, consumiendo prácticamente lo mismo que el mes anterior necesita más plata.

Esa inflación no aparece sola en un gráfico. Aparece cuando alguien cambia una marca por otra. Cuando posterga una reparación. Cuando deja de salir a comer. Cuando compra menos carne. Cuando decide que esta vez el auto puede esperar.

Cuando el supermercado deja de ser un lugar donde uno compra lo que quiere y se convierte en un lugar donde uno negocia consigo mismo. “Esto lo llevo.” “Esto no.” “Esto estaba más barato.” “¿Cuánto puede costar una botella de aceite?”.

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Por eso el dato del 1,7% debe ser tomado por lo que es: un indicador estadístico importante, pero no una fotografía completa de la economía de cada hogar.

La desinflación es real cuando los precios aumentan cada vez menos. Pero para que esa desinflación sea percibida, hace falta algo más. Que llegue a los gastos que efectivamente tiene cada familia.

Porque si el promedio baja mientras determinados gastos imprescindibles siguen aumentando, el ciudadano puede escuchar que la inflación está bajando y, al mismo tiempo, sentir que su bolsillo recibió otra noticia.

Y ahí aparece una de las paradojas más interesantes de la economía argentina: el Excel necesita un promedio, pero el “changuito” necesita que los precios dejen de subir. Ambos están hablando de la misma economía. Pero no están mirando exactamente lo mismo.

Por eso no hay que elegir entre el dato y el bolsillo. Hay que mirar los dos. El dato nos dice qué está pasando en promedio. El bolsillo nos dice cómo se está viviendo.

Una buena política económica debería aspirar a que, con el tiempo, ambos terminen contando la misma historia. Porque al final del mes hay una estadística que ningún argentino necesita que le explique nadie: cuánto dinero le queda.

Plan B/ 23-9-2026/ Marcelo Pérez, abogado y Ministro de Gobierno de Misiones

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