Opinión.

Marcelo Pérez: La nueva política es ira + algoritmo

A continuación, reproducimos una columna de opinión del ministro de Gobierno, Marcelo Pérez, quien hace unos días compartió sus reflexiones sobre el rol del periodismo en esta etapa de la provincia y del país.

La nueva política es ira más algoritmo

Por Marcelo Pérez *

“La nueva política es ira más algoritmo”. La frase pertenece al sociólogo y analista italiano Alessandro Aresu, quien la utiliza para describir una transformación que atraviesa a las democracias contemporáneas.

La expresión dialoga con una célebre fórmula de Lenin —“comunismo es soviets más electrificación”— para mostrar que, en el siglo XXI, el poder ya no depende solamente de las ideas o de la organización política.

Depende, cada vez más, de la capacidad para captar atención en un ecosistema dominado por los algoritmos.

No porque la política haya dejado de tener ideas, sino porque las ideas ya no alcanzan para abrirse paso en un espacio público gobernado por otra lógica.

La discusión dejó de premiar al que mejor argumenta y comenzó a recompensar al que logra captar más atención. Y pocas cosas capturan la atención con tanta eficacia como el enojo.

Durante siglos la política fue una disputa por persuadir. Convencer exigía tiempo, argumentos y una cierta disposición a escuchar al otro. Hoy la competencia parece desarrollarse en un terreno completamente distinto.

Lo importante ya no es modificar la opinión del adversario, sino provocar una reacción inmediata. La política empieza a medirse por su capacidad para generar impacto antes que por la solidez de sus razones.

Las redes sociales no inventaron este fenómeno, pero lo potenciaron hasta niveles desconocidos. Sus algoritmos no distinguen entre una explicación rigurosa y una exageración, entre una verdad o una mentira, una crítica fundada y un insulto.

Solo registran aquello que mantiene a las personas conectadas. Si un contenido provoca indignación, miedo o furia, tendrá más posibilidades de ser visto por millones de personas que otro construido sobre matices o datos.

Así, la emoción dejó de ser una consecuencia de la política para convertirse en una herramienta de comunicación.

Eso explica por qué la discusión pública parece vivir en un estado de conflicto permanente. Cada declaración necesita ser más contundente que la anterior. Cada polémica debe superar a la precedente.

Opinión: Cuando el periodista deja de preguntar

La moderación casi nunca se vuelve viral. La prudencia rara vez ocupa los primeros lugares de las tendencias. En cambio, el enfrentamiento permanente encuentra un sistema dispuesto a amplificarlo.

La Argentina ofrece un ejemplo muy claro de este proceso. Ya casi no importa quién gobierna o quién ocupa la oposición. Todos terminan moviéndose dentro del mismo ecosistema comunicacional. Cambian los protagonistas, pero no las reglas. La visibilidad depende cada vez menos de las propuestas y cada vez más de la capacidad para dominar la conversación durante algunas horas.

Como dije en la columna anterior, esta lógica también transformó a parte del periodismo. La entrevista, que históricamente fue un instrumento para obtener información, muchas veces se convierte en una escena de confrontación emocional.

El entrevistado ya no responde sobre hechos; responde al estado de ánimo del entrevistador. La noticia deja de ser aquello que se descubre durante la conversación y pasa a ser el espectáculo que esa conversación produce.

Lo mismo ocurre con los debates televisivos. El éxito ya no depende de quién explicó mejor un problema, sino de quién pronunció la frase más agresiva, el gesto más desafiante o el recorte de treinta segundos que circulará durante todo el día en las redes sociales.

Lo verdaderamente preocupante no es la polarización. Las democracias siempre convivieron con desacuerdos intensos. El problema aparece cuando el conflicto deja de ser un medio para discutir ideas y se convierte en un fin en sí mismo. Cuando el enojo permanente desplaza a la deliberación.

En ese contexto también cambia la manera en que percibimos la realidad. Cada persona recibe una selección distinta de noticias, opiniones y comentarios, elegida por algoritmos que aprenden qué tipo de contenido confirma mejor sus preferencias para estar más tiempo en pantalla. Poco a poco dejamos de compartir una misma conversación pública para habitar universos paralelos donde cada uno encuentra pruebas permanentes de que ya tenía razón.

La consecuencia es silenciosa pero profunda. Explicar pierde valor porque explicar lleva tiempo. Comprender exige aceptar matices. Gobernar implica reconocer que casi ningún problema complejo admite soluciones simples. Sin embargo, todo eso resulta poco atractivo para un sistema que recompensa la velocidad, la certeza absoluta y la reacción inmediata.

No se trata de culpar a la tecnología. El miedo, la bronca y la indignación siempre existieron. Lo novedoso es que ahora esas emociones encontraron un mecanismo extraordinariamente eficiente para multiplicarse.

Nunca antes habían circulado con tanta velocidad ni alcanzado a tantas personas en tan poco tiempo.

Quizá por eso la política contemporánea produce una sensación extraña. Nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, parece cada vez más difícil comprender.

Nunca existieron tantos espacios para opinar y, al mismo tiempo, cuesta encontrar conversaciones donde alguien esté dispuesto a cambiar de opinión.

La democracia necesita pasión. Necesita conflicto. Incluso necesita indignación cuando existen razones para indignarse. Lo que no puede permitirse es que la ira se convierta en el único idioma posible.

Porque cuando el algoritmo descubre que el enojo es más rentable que la reflexión, el verdadero riesgo no consiste solamente en que discutamos más. El riesgo es que dejemos de pensar mientras creemos que estamos participando.

Quizá esa sea la definición más precisa de nuestro tiempo: una democracia donde el algoritmo no decide quién gobierna, pero sí condiciona cada vez más la manera en que la política habla, discute, informa y enfrenta a los ciudadanos entre sí. Comprender ese cambio es el primer paso para recuperar algo que ninguna plataforma puede ofrecer: una conversación pública donde el desacuerdo no necesite convertirse, obligatoriamente, en furia.

Los algoritmos no cambian nuestras ideas; cambian los incentivos bajo los cuales esas ideas compiten por nuestra atención. El algoritmo no inventó una nueva política; modificó las condiciones bajo las cuales la política obtiene legitimidad. Durante siglos, la legitimidad dependió de la persuasión, la organización o los resultados. Hoy depende, en una medida creciente, de la capacidad para monopolizar la atención. Y esa modificación, termina alterando la calidad de la democracia.

El desafío más importante de nuestro tiempo, tal vez no sea ganar la batalla por el poder. Sea recuperar una conversación pública donde la atención vuelva a depender de la calidad de los argumentos y no de la intensidad de los gritos.

*Marcelo Pérez, abogado y ministro de Gobierno.

Cargando visitas...