Por Martín Boerr
Hace días que en Misiones hacen cola para pegarle a Diego Hartfield, por sus desafortunados dichos negando a los clubes de barrio y deportistas, ayudas del Estado, como el subsidio a la tarifa de luz.
Desde entonces, Hartfield se parece cada vez más a Manuel Adorni (con quien supo sacarse una foto, orgulloso, desafiante, soberbio, para bancarlo cuando todavía Milei lo sostenía contra viento y marea): no para de dar explicaciones que no dejan conforme absolutamente a nadie.
Hartfield no sólo recibió ayuda del CEPARD (el Estado) sino de muchos misioneros para llegar a competir en el alto nivel y ser un orgullo de la provincia y el deporte local.
Llegó a ser 73° del mundo, jugó dos veces contra Roger Federer (una de ellas en un Grand Slam), y no fue más reconocido solamente porque le tocó ser argentino, pródiga en talentos tenísticos justo en su generación.
Chileno, Paraguayo, Boliviano o incluso brasileño, Hartfield sería una notable del deporte en su país. Acá le tocó ser famoso recién con su ingreso a la arena política.
Hace poco publicamos los comentarios de Norma Dalmau, que contó como su familia ayudo al Gato en su carrera. Norma reprendió suavemente al Gato, como lo hace una maestra con un alumno al que le tiene cariño: “Si vos tuviste la oportunidad, ¿por qué estás en contra de que otros chicos tengan oportunidades? el deporte es prevención de todo en la infancia. La verdad es que me dolió, pero me dolió más como ser humano”.
Nosotros también le dimos una manito, mucho más modesta, a Diego Harfield.
En 1999 quien esto escribe era jefe de la sección Deportes del diario El Territorio, y cada tanto venía el papá de Diego, con un sobre lleno de fotos para que publicaramos algo sobre los progresos de su hijo, los torneos que jugaba.
Tener cierta notoriedad en esas instancias iniciales es vital para conseguir apoyos. Y El Territorio tenía un peso grande por aquellos años.
Lo hacíamos con gusto, porque en aquella sección que me tocó liderar (donde trabajaron periodistas hoy reconocidos como Manuel Sotelo, Juan Carlos Arguello, Nito Artaza, Darío Guimaraez o el inolvidable Galo Beloso, una gloria del fútbol misionero que jugó en Tigre con Tito Cuchiaroni y le metió un gol de caño a Amadeo Carrizo en el Monumental) nos propusimos estar al lado de cualquier deportista misionero al que pudiéramos darle un empujoncito.
Seguros de que el bien de uno, iba a resultar en un beneficio para todo el deporte misionero y para otros chicos que siempre pueden venir atrás y necesitan ejemplos que los inspiren.
Los que años después ibamos a ser destratados como periodistas ensobrados y corruptos por un Presidente, con el apoyo de Hartfield, si que le dimos una mano, también. Como hoy lo hacen muchos colegas con otros deportistas.

Tantas ganas teníamos de ayudar, que lo contratamos a Pablo Camogli (hoy un reconocido historiador, con el que cada tanto tenemos alguna diferencia pero a quien respeto mucho) que estaba estudiando en Buenos Aires, prácticamente con la exclusiva tarea de seguir la carrera de dos talentos del tenis misionero: José “Chucho” Acasuso y Vanina García.
Los dos entrenaban a las órdenes de Alejandro Cerúndolo, papá de Fran, el hoy número 1 del ranking argentino, en un club de Hurlingham, en el oeste del Conurbano.
Me acuerdo cuando Pablo venía cada tanto tiempo a la redacción y se sentaba al lado mío y me rendía los gastos, y me pasaba una pila de boletos de colectivo, que se tomaba para ir desde la Capital al Oeste para estar cerca de Chucho y Vanina.
Era todo tan a pulmón, tan modesto, y tan poquito lo que cobraba. Pero hacía las cosas con pasión y teníamos ganas de que a todos les fuera un fenómeno.
Cuántas ganas, cuántas horas de trabajo, cuánta dedicación para deportistas que ni se enteraron quizás.
Algunos me dirán: ¡era tu trabajo!
Noo, incorrecto, de periodismo sé (y sé bastante). Lo que hicimos en aquella sección de Deportes fue mucho más allá, fuimos unos activos promotores de pichones de deportistas que no eran noticia ni ameritaban que gastáramos aún en ellos esos recursos valiosos.
Pero queríamos que les fuera bien, queríamos “inflarlos” y ayudar a potenciar a los que podían convertirse en figuras, alentar a otros y fuimos activos participantes del proceso haciendo mucho más que lo habitual.
Tengo muchísimos ejemplos de cosas locas que hicimos en esa Sección, para apuntalar a un deporte que estaba muy caido. ¿Y saben por qué? Porque la economía, a fines de los 90, en Misiones estaba por el suelo.
(Nota: En 2014, cuando Guaraní subió a la B Nacional y se juntó con Crucero, en un torneo donde 10 equipos ascendían a la “A”, me dije a mi mismo: cómo me gasté en una época tan pobre, acá era que tenía que hacer deportes, y así fue como me incorporé a MisionesOnline para cubrir esas campañas inolvidables, en lo que fue mi segundo paso por el periodismo deportivo. Para que al deporte de alta competencia le vaya bien, a la economía le tiene que ir bien)
Como dije, ni Chucho, ni Hartfield eran noticia, nadie hubiera dicho nada si Pablo no se tomaba las molestias de viajar tantas veces para ver qué pasaba con un pibe de 15 años que terminó jugando una final de la Copa Davis.
Pero, en fin…
Igual no está demás decir que Hartfield, o Acassuso (sobre todo), nos deben nada y pagaron todo con creces con las carreras que hicieron y de las cuales son un orgullo del deporte misionero.
Pero que feo salir a decir que a los clubes de barrio no hay que ayudarlos porque lo único que importa es el superávit fiscal.
¿Y si te callás la boca y no decís nada? Eso ya sería algo, una manera de ser agradecido.
Muy sesgado, además, hacer creer que la tarifa de energía subsidiada a los clubes pueda llevar al atraso en inversiones y desabastecimiento en el sector. Es tomar una parte y transformarlo en el todo, incorrectamente o con malicia.
La pura verdad, Diego no tiene argumentos sólidos para negarle ayuda a los clubes de barrio, pero se convirtió hace tiempo en un “ultra” mileista, más papista que el papa, más fanático que el propio Milei.
Por cierto, Hartfield dijo que él es de OTC, de la comisión directiva, que vaya a preguntarle a Oberá Tenis Club si hubiera podido llegar a la Liga Nacional sin ayuda del Estado misionero.
Ahí directamente, se está haciendo el bolu…
Y para no ser duros con el, hace lo mismo que muchos otros funcionarios de la Renovación, se escribe el diario de Irigoyen, y luego se lo cree. Lo toma por real.
En su fanatismo por ser el mejor alumno de Milei, acomoda los argumentos, barre abajo de la alfombra lo que no le conviene, y dice que al club ahora lo bancan los privados. “Solo un 5% es del Estado”, dijo la vez pasada en una de las tantísimas entrevistas que da cada día.
Y cuando algo va en contra del relato libertario, y lo ve con sus propios ojos, no abre la boca, claro.
La vez pasada le pregunté a Diego, cuántas veces le pidieron plata por hacer una de esas decenas de entrevistas que da por semana, me acuerdo que se lo consulté en campaña.
Fue una chicana, porque ya sabía la respuesta, sabía perfectamente que nadie le había pedido nada, para mostrarse como candidato y desafiar a la Renovación.
Le dije entonces: “Sería honesto que salgas a comentar eso, que nadie te pidió nada. Teniendo en cuenta lo que tu presidente y sus trolls dicen de los periodistas”.
Porque ahí está Hartfield, buscando ser el mejor alumno de un Presidente que es la pasa destratando a todos los periodistas, como hizo el otro día en el IAEF, en Puerto Iguazú, afirmando que “el 95 por ciento de los periodistas son corruptos”, ante la atónita mirada de la prensa local y de Buenos Aires, y la mirada complaciente de Hartfield que lo escuchaba a pocos metros.
Me contó Diego, a quien aprecio y con quien tengo buen diálogo (cada tanto solemos intercambiar opiniones sobre la economía y el mercado financiero) que Milei lo felicitó efusivamente hace 10 días y que demostró estar muy al tanto de su labor política y mediática, eso que ellos llaman “la batalla cultural”.
¿Defender a los misioneros o a Milei?
El problema con Diego Hartfield, a mi modesto forma de ver, es que desde que ganó las elecciones de octubre, habiendo sido un excelente candidato, no se sacó la pilcha justamente de candidato y está en campaña permanente.
Pero él, fue elegido para representar los intereses de los misioneros en el Congreso de la Nación. Eso es lo que hace un diputado nacional.
Y sin embargo, sigue en “modo campaña”, defendiendo el relato y pelando la “batalla cultural” libertaria, con sus videos, su récord de entrevistas en medios locales y nacionales y sus supuestas “domadas” a renovadores. Alguna vez le dije: “no cambiaste el chip de la campaña”.
Todo mirando el 2027, mientras Misiones y la Argentina necesitan atender el aquí y el ahora.
También le he hecho notar (por cierto, Hartfield se banca las críticas con buen talante) que una cosa es que este plan económico, que parece nefasto para las economías regionales, para muchas industrias y para amplios sectores, sea defendido por su autor, Luis “Toto” Caputo.
Pero otra bien distinta es que lo defienda el a capa y espada, sabedor de que no está generando empleo, ni crecimiento ni nada en Misiones, como en otras regiones del NEA, el propio Hartfield.
(ACON Timber, el aserradero más grande y moderno del país, está por suspender las inversiones y pierde mucho dinero cada mes porque con este esquema no puede competir por los altisimos costos logísticos).
Ni siquiera Adrián Nuñez, ni Maura Gruber, hablan tantas loas del plan económico. Pero Hartfield asumió el papel de ser el defensor del plan de “Toto” Caputo, con quien se reunió en su casa.
El ya no está para mirar lo que le pasa a los misioneros, o a los deportistas que son como él cuando tenía 16 años, el ya solo trabaja para encajar con Milei y Caputo.
Hartfield no es cualquier dirigente, fue el gran ganador de las últimas elecciones, la principal cara visible de LLA y potencial candidato a gobernador con chances reales de llegar a la Rosadita y cortar más de 20 años de gobiernos renovadores.
¿Podemos empezar a preocuparnos por tener en 2027 a un potencial gobernador que lo único que quiere es ser el mejor alumno de Milei-Caputo?
Se necesita a un dirigente con más empatía, con más humildad, con más respeto por el trabajo de miles de misioneros que no son fanáticos libertarios y que salga del “modo campaña”, del tono soberbio de pensar que tiene razón en todo.
Y se la pasa “domando” a opositores o a periodistas ensobrados.
Y sobre todo, se necesita un líder con cualquier ideología que elija la gente cuando va a votar, ok, pero con la defensa puesta en los intereses locales, y no únicamente de un gobierno central que sólo mira el superávit y parece desinteresado en las realidades tan diversas de las provincias y sus sectores productivos.
A no confundir el hartazgo de miles en Misiones con el oficialismo y con los gobiernos que fueron pasando en Nación, con un verdadero entusiasmo por un plan que cada vez genera más dudas, y que para corregir, necesita representantes capaces de admitir lo que está mal, lo que no funciona.
Capaces de admitir que negarle ayuda a los clubes de barrio, habiendo sido un deportista que llegó a la elite ayudado por tantos, y por el Estado, es cruel por donde se lo mire.
Un verdadero error que, seguro, en su fuero íntimo, Hartfield ya reconoció.
Desde acá, le damos una manito para que de otro paso.
Hay, Diego, Diego, ¿no es más fácil decir: “Perdón, disculpas, me equivoqué”?
Un poco más de modestia y empatía. A lo mejor, hasta lo termino votando.
Plan B/ 16-9-2026
