Marcelo Pérez.

Opinión: Cuando el periodista deja de preguntar

Por Marcelo Pérez

Hay una confusión cada vez más frecuente en el periodismo actual: muchos comunicadores parecen creer que la noticia son ellos.

En una época donde las redes sociales premian la exposición personal y la televisión busca generar impacto antes que información, el periodista dejó de ser, en muchos casos, quien interpela para convertirse en el protagonista de la escena.

La función del periodismo nunca fue emocionar ni exhibir las propias convicciones frente a una cámara o micrófono.

Su tarea es mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más difícil: conseguir información, contrastarla, preguntar lo que otros no preguntan y obligar al entrevistado a responder sobre los hechos.

Todo lo demás pertenece al terreno de la opinión, que tiene su espacio y su legitimidad, pero no puede reemplazar al periodismo informativo.

Sin embargo, se volvió habitual ver entrevistas donde las preguntas son reemplazadas por largos discursos del entrevistador.

Antes de escuchar una respuesta, el periodista ya dejó en claro qué piensa, qué siente y de qué lado está.

El entrevistado pasa a ser casi una excusa para que el conductor exponga su posición.

Un ejemplo frecuente ocurre cuando, en lugar de preguntar, el periodista afirma: “La verdad es que esto me indigna profundamente; siento que le fallaron a toda la sociedad”.

Esa intervención puede expresar una emoción genuina, pero no es una pregunta.

El entrevistado ya no debe responder sobre un hecho concreto, sino reaccionar frente al estado de ánimo del periodista.

Y eso modifica por completo la naturaleza del intercambio: nadie puede confirmar, refutar o debatir un estado de ánimo, porque las emociones pertenecen al terreno de la experiencia personal, no al de los hechos verificables.

Mientras una pregunta exige información, una emoción solo provoca adhesión, rechazo o empatía.

La entrevista pierde así su razón de ser: deja de buscar información para convertirse en un escenario donde el entrevistador expone sus sentimientos y el entrevistado termina respondiendo a ellos, en lugar de explicar sobre los hechos.

Lo que aparenta ser una entrevista es, en realidad, una puesta en escena donde el protagonista ya no es quien debe dar explicaciones o el tema en sí, sino quien sostiene el micrófono y sus sensaciones (verdaderas o frecuentemente impostadas).

El problema no es que un periodista tenga opiniones. Sería absurdo pretender lo contrario. Todos las tienen. El problema aparece cuando esas opiniones desplazan a los hechos.

Cuando la indignación reemplaza a la investigación. Cuando el sentimiento ocupa el lugar de los datos.

Porque las emociones no se pueden refutar, mientras que una cifra, una contradicción o una mentira sí.

En ese contexto, el periodismo pierde una de sus principales herramientas: la capacidad de incomodar.

Una buena repregunta vale más que un editorial disfrazado de entrevista. Un dato preciso tiene más fuerza que una manifestación de enojo frente a una cámara.

Las redes sociales aceleraron ese fenómeno. Hoy se premia al periodista que consigue viralizar un recorte, expresar una emoción o transformarse en tendencia.

El incentivo ya no siempre es obtener la mejor información, sino construir una marca personal. Y cuando el periodista se convierte en influencer, la noticia corre el riesgo de quedar en segundo plano.

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La opinión tiene un lugar indispensable dentro del periodismo. Existen columnas, editoriales y programas dedicados precisamente a interpretar la realidad.

Allí el público sabe que está escuchando una mirada subjetiva y puede compartirla o rechazarla. Lo que resulta preocupante es que esa lógica invada los espacios destinados a informar.

El periodismo no necesita periodistas más sensibles ni más protagonistas. Necesita profesionales capaces de preguntar con rigor, escuchar con atención y repreguntar hasta obtener respuestas.

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Porque el verdadero servicio que presta a la sociedad no consiste en decirle a la audiencia qué debe sentir, sino en darle la mayor cantidad de información posible para que cada ciudadano forme su propio juicio.

Cuando el periodista deja de investigar o preguntar o re preguntar para empezar a protagonizar la noticia, pierde relevancia su opinión y también pierde calidad la información. Y una democracia creíble, siempre necesita más periodismo y menos espectáculo.

* Marcelo Pérez, abogado y ministro de Gobierno

Plan B/ 2-8-2026

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