Opinión.

Martín Arjol: La Shenzhen de Caputo

Por Martín Arjol *

La introducción al debate del Ministro de Economía Lic. Luis Caputo sobre la comparación de Argentina y la ciudad de Shenzhen en China abrió una discusión a la interpretación de la dirección del programa económico. 

La experiencia china demuestra el poder que pueden tener la apertura económica, la inversión y los incentivos.

Pero también muestra algo más complejo: Shenzhen fue el resultado de cuatro décadas de reformas sucesivas, infraestructura, planificación, política industrial, desarrollo tecnológico y, sobre todo, una permanente capacidad para cambiar de modelo cuando el anterior comenzaba a agotarse.

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El gigante de autos eléctricos BYD, que superó a Tesla, es de Shenzhen.

El debate merece ser tomada en serio. No porque la Argentina se asimile a Shenzhen, ni porque dos experiencias históricas separadas por casi medio siglo puedan trasladarse mecánicamente de un país a otro.

Claramente, su cultura, su historia y sus formas son distintas. Pero precisamente por eso la comparación permite discutir una cuestión mucho más profunda: ¿qué fue realmente lo que hizo Shenzhen?

El estudio The Story of Shenzhen: Its Economic, Social and Environmental Transformation, publicado por ONU-Hábitat en 2019, describe esa evolución como un proceso compuesto por distintas etapas.

Shenzhen pasó de una economía intensiva en trabajo y orientada a la exportación a otra más intensiva en capital; luego avanzó hacia industrias tecnológicas y, finalmente, hacia un modelo basado cada vez más en innovación, conocimiento y talento.

No hubo una única receta aplicada durante cuarenta años. Hubo etapas, “hubo paso para aprender a caminar”.  

Los números son, siempre y en todo lugar, los que permiten entender la magnitud de cualquier transformación. Y acá vale hacer una precisión.

En 1978, Shenzhen, tenía alrededor de 25.000 habitantes. En 2018 había más de 12,5 millones de residentes permanentes y el gobierno local atendía, en la práctica, a una población superior a los 20 millones.

El PIB medido en dólares nominales se multiplicó aproximadamente por 2.913 veces y en ese proceso aparecieron empresas que hoy son conocidas mundialmente: Huawei, Tencent, BYD, DJI y otras compañías vinculadas con electrónica, telecomunicaciones, automóviles, drones, inteligencia artificial y ciencias de la vida. 

Pero quizá el dato más interesante no sea cuánto creció Shenzhen, sino cómo fue modificando la estructura y dirección por las cuales crecía.

En ese primer paso hay un punto concreto en la comparación de Caputo: en 1980 Shenzhen fue elegida como una de las primeras Zonas Económicas Especiales de China. En un país que venía de décadas de una economía fuertemente planificada, aquellas zonas funcionaron como verdaderos laboratorios de experimentación económica. Hubo incentivos impositivos, apertura a la inversión extranjera, mayor utilización de mecanismos de mercado y una regulación diferenciada respecto del resto del territorio chino.

La cercanía con Hong Kong resultó fundamental. Empresas instaladas allí trasladaron hacia Shenzhen actividades manufactureras intensivas en mano de obra. Llegaron capital, tecnología, conocimientos de gestión y acceso a mercados internacionales. Y así esta comenzó esencialmente como una plataforma de procesamiento, ensamblaje y exportación.

Y quizás acá aparece una pregunta mucho más cercana a nosotros: ¿por qué la Argentina —y particularmente Misiones— no mira a Paraguay y Brasil con el mismo ojo?

Volviendo al punto el RIGI responde parcialmente a esa lógica mencionada. La Ley 27.742 establece entre sus objetivos atraer grandes inversiones nacionales y extranjeras, incrementar exportaciones, favorecer la creación de empleo, generar previsibilidad y desarrollar cadenas productivas.

El régimen contempla además incentivos fiscales, aduaneros y cambiarios, junto con condiciones de estabilidad para los proyectos adheridos. 

Pero un RIGI no alcanza para construir una “Shenzhen argentina”. No es posible caminar sin dar un segundo paso. Y ese segundo paso esta la infraestructura.

Carreteras, energía, puertos, telecomunicaciones, urbanización y servicios acompañaron el desembarco empresarial. Shenzhen no se limitó a crear incentivos. Desarrolló infraestructura capaz de recibir las inversiones, permitirles producir y conectarlas con el mundo.

El Banco Mundial (2013) aporta un dato que, para mí, es particularmente revelador: entre 1980 y 1989 la Zona Económica Especial de Shenzhen absorbió unos 4.600 millones de yuanes en inversión en activos de capital —aproximadamente US$1.200 millones de aquella época— y más del 90% provenía del sector estatal. La infraestructura de las nuevas zonas rápidamente superó a la disponible en buena parte del resto de China. 

Como el desembarco hace 500 años, ya nada será igual en un mundo que cambia, imparable

El fenómeno no consistió solamente en decirle al capital: “Venga, que acá pagará menos impuestos”. También significó decirle: acá habrá caminos, electricidad, puertos, telecomunicaciones, suelo industrial y una administración dedicada a hacer funcionar la zona.

El incentivo económico y la infraestructura formaban parte de un mismo proyecto. Pero también es cierto que las circunstancias importan. Es difícil imaginar aquella experiencia partiendo de una situación como la que tenía la Argentina a fines de 2023: una inflación anual del 211,4%, reservas netas negativas por alrededor de US$11.200 millones, una pobreza que alcanzaba al 41,7% y un déficit consolidado del sector público cercano al 15% del PIB. 

Al final del día, como escribió Ortega y Gasset en Meditaciones del Quijote (1914): “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

Y cuando uno empieza a caminar, el tercer paso resulta ser el más importante.

Así China entendió relativamente temprano que atraer inversión extranjera era útil, pero que si esa inversión permanecía aislada del resto de la economía, el beneficio estructural podía ser limitado.

Durante los primeros años coexistieron empresas totalmente extranjeras, emprendimientos cooperativos y numerosas joint ventures entre capital extranjero y chino.

Hacia mediados de la década de 1980, las autoridades comenzaron incluso a orientar parte de las inversiones hacia asociaciones con empresas locales. La intención era aumentar el aprendizaje, el empleo y las capacidades productivas internas. El Banco Mundial señala también que el procesamiento de productos importados generaba empleo y divisas, pero ofrecía posibilidades limitadas de transferencia tecnológica, una de las razones por las que se impulsaron luego otras modalidades de asociación. 

Uno podría pensar que en un gobierno que se define liberal-libertario esta idea sería imposible.

Bueno, hay un dato interesante: el propio RIGI argentino establece obligaciones vinculadas con proveedores locales. El plan de inversión debe contemplar un compromiso de contratación de proveedores locales en bienes y obras equivalente, como mínimo, al 20% del monto destinado al pago de proveedores del proyecto, siempre que exista oferta disponible en condiciones de mercado de precio y calidad. También exige informar el empleo directo e indirecto y la integración local estimada. 

Es decir: aun dentro de una política orientada a liberar inversiones y reducir regulaciones, aparece la necesidad de que una parte de esa inversión se conecte con la economía que la recibe.

Quizás ahí empieza a aparecer algo parecido a una política de desarrollo: cuando la praxis se encuentra con las necesidades concretas de un pueblo.

Pero Shenzhen todavía ofrece otra enseñanza, quizá menos cómoda.

En la fábula de la liebre y la tortuga, la velocidad y las cualidades iniciales de la primera no fueron suficientes. Ganó la segunda. Con el desarrollo ocurre algo parecido: conseguir una ventaja puede ser difícil; sostenerla durante décadas es todavía más difícil.

Y quizás sea inevitable mirar esta experiencia y encontrar algunos paralelos con nuestra propia provincia.

No para forzar comparaciones ni para trasladar automáticamente la experiencia de Shenzhen a Misiones, sino simplemente para hacernos algunas preguntas sobre nuestras ventajas, nuestras limitaciones y la capacidad que tenemos para adaptarnos cuando las condiciones cambian. Son interrogantes que seguramente merecen otro análisis, pero que conviene tener presentes al leer lo que sigue.

Con el paso de los años aumentaron los salarios en Shenzhen, se encareció la tierra, crecieron las restricciones ambientales y sobre los recursos naturales y otras regiones chinas comenzaron a aplicar reformas similares. Shenzhen empezó a perder algunas de las ventajas extraordinarias que la habían diferenciado originalmente.

¿La respuesta fue intentar preservar indefinidamente el modelo de salarios bajos, manufactura barata e incentivos?

No.

Comenzó otra transformación. Entre aproximadamente 2003 y 2013, el aumento del precio de la tierra y las restricciones de recursos empujaron a la ciudad hacia actividades de mayor productividad.

Empresas privadas tecnológicas comenzaron a formar clusters industriales y Shenzhen fue desplazándose hacia segmentos superiores de las cadenas globales de valor. La ciudad que había empezado ensamblando productos comenzó a diseñarlos y claramente es esta etapa el gran salto en la transformación del modelo productivo de Shenzhen. 

Para 2013, Shenzhen destinaba alrededor del 4% de su producto a investigación y desarrollo y así pasó de aprovechar la tecnología que llegaba desde afuera a desarrollar un ecosistema capaz de producir tecnología propia.

Detrás apareció una red compuesta por empresas, universidades, institutos tecnológicos, mercados financieros, capital de riesgo, trabajadores especializados, cadenas de proveedores y políticas públicas orientadas a determinadas industrias. Mercado y Estado no aparecen en esta historia necesariamente como enemigos. En distintos momentos cumplieron funciones diferentes.

Caputo introdujo una comparación provocadora. Y poner a Shenzhen sobre la mesa tiene una virtud: obliga a salir de una discusión argentina demasiado acostumbrada a debatir únicamente impuestos, dólar, déficit o inflación.

La experiencia china plantea preguntas más profundas.

No solamente cómo atraer capital, sino qué sucede después de que llega.

No solamente cuántos dólares entran, sino cuánto empleo, conocimiento, infraestructura, capacidad exportadora y proveedores quedan alrededor de esas inversiones.

No solamente cómo conseguir una gran inversión hoy, sino cómo lograr que dentro de veinte años existan empresas argentinas capaces de competir internacionalmente.

No solamente cómo crear condiciones favorables para una compañía determinada, sino cómo construir un ecosistema en el cual puedan nacer cientos de compañías nuevas.

Y, sobre todo, cómo evitar que una política concebida para iniciar una etapa termine convirtiéndose en un modelo permanente cuando las condiciones ya cambiaron.

Shenzhen demuestra que atraer inversiones puede ser el comienzo de una política de desarrollo, pero difícilmente constituya toda la política de desarrollo, porque la ciudad china que hoy admiramos no permaneció cuarenta años haciendo lo mismo. Su mayor continuidad fue, precisamente, haber cambiado.

Y mientras escribo esto pienso en algo bastante más sencillo que todas las estadísticas anteriores: nadie corre antes de aprender a caminar.

El actual Gobierno nacional, con medidas de orden fiscal y reformas estructurales que personalmente considero necesarias para el futuro del país, puso a la Argentina a intentar dar esos primeros pasos. Quizás sean otros los encargados de dar los siguientes. Quizás alguna vez podamos correr. Pero ningún proceso de desarrollo serio se construye sin constancia, perseverancia, inversión y capacidad de corregir el rumbo cuando las circunstancias cambian.

Liberar la fuerza del sector privado y permitir que el mercado funcione con la mayor libertad posible me parece fundamental. Pero eso no significa resignar al Estado. Significa exigir otro Estado: uno que ordene, construya infraestructura (por si o por el sector privado) pero sobre todo que garantice cuestiones elementales como salud, educación, seguridad y sobre todo reglas claras.

Quizás así, más allá de todas las distancias históricas, culturales y políticas, algún día podamos hablar seriamente de una Shenzhen argentina.

Plan B/ Martin Arjol es diputado provincial.

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