Opinión.

Horacio Ortiz: La política como arte, empatía, percepción y liderazgo en tiempos digitales

A continuación, reproducimos una columna de análisis y opinión sobre el periodista de Leandro N. Alem, Horacio Ortiz.

 

La Política como Arte: Reflexiones sobre Empatía, Percepción y Liderazgo en Tiempos Digitales

Por Horacio Ortiz

¿Qué hace que un líder político conecte genuinamente con su comunidad mientras otro, con mejores credenciales técnicas, fracase estrepitosamente?

¿Por qué algunos gobiernos con logros objetivos son percibidos como incompetentes, mientras otros con resultados mediocres mantienen altos niveles de apoyo popular?

Estas preguntas no tienen respuestas simples, pero apuntan a una transformación profunda en cómo entendemos la política hoy.

Vengo reflexionando sobre esto y quiero compartir algunas ideas que creo pueden ayudarnos a comprender mejor los tiempos que vivimos.

La política es un arte, no una ciencia exacta

Empecemos por lo fundamental: la política no es la aplicación mecánica de fórmulas técnicas. Es un arte donde las personas ponen su talento para definir colectivamente “la forma en que se hacen las cosas”. Y esto no ocurre solo en los grandes escenarios nacionales o provinciales.

La política está en cada club de barrio, en cada comisión vecinal, en cada decisión que tomamos en nuestras instituciones intermedias.

Cada vez que un grupo de personas se reúne para decidir cómo organizarse, cómo distribuir recursos o cómo resolver conflictos, está haciendo política.

Esta perspectiva nos libera de la idea de que la política es algo lejano, frío, reservado para profesionales en traje. La política es profundamente humana, y como todo arte, requiere sensibilidad, creatividad y, sobre todo, conexión genuina con las personas.

Los nuevos tiempos exigen empatía política

Vivimos una crisis de confianza sin precedentes. Las instituciones tradicionales —gobiernos, partidos, medios— enfrentan niveles históricos de desconfianza ciudadana. Los datos están ahí: encuesta tras encuesta confirma que la gente siente que sus líderes no los comprenden, no los escuchan, no los representan.

¿Qué necesitamos entonces? Más que nunca, necesitamos una política con cercanía afectiva. No hablo de populismo barato ni de manipulación emocional. Hablo de empatía genuina: la capacidad de comprender realmente las experiencias, ansiedades y aspiraciones de quienes gobernamos o representamos.

La empatía no es debilidad ni sentimentalismo. Es inteligencia política. Los líderes que logran conectar emocionalmente con sus comunidades no solo ganan elecciones; construyen legitimidad más duradera y resiliente. Generan confianza, compromiso y disposición a la cooperación.

En tiempos donde la distancia entre élites y ciudadanía se ha convertido en un abismo, la empatía es el puente que puede reconectar la política con la gente real.

La era de la percepción: cuando la imagen pesa más que el dato

Aquí viene algo incómodo pero innegable: en la época de las redes sociales y la visualización masiva, la percepción tiene más poder que la información objetiva.

Un video viral de un político abrazando a un ciudadano en crisis puede tener más impacto que cien páginas de informes técnicos.

¿Es esto superficial? Quizás. ¿Es la realidad que vivimos? Absolutamente.

Las investigaciones son contundentes: el contenido que genera emociones intensas se difunde exponencialmente más rápido que el meramente informativo. Nuestros cerebros procesan imágenes 60,000 veces más rápido que texto. Las narrativas emocionales construyen percepciones colectivas más poderosas que los datos verificables.

Esto no significa que los hechos no importen. Significa que en un mundo saturado de información contradictoria, donde todos tenemos acceso simultáneo a miles de fuentes, la forma en que se comunican los hechos es tan importante como los hechos mismos.

La empatía, en este contexto, se vuelve crucial precisamente porque es transmisible visualmente. Los gestos de cercanía, las expresiones de preocupación genuina, el lenguaje corporal que denota escucha atenta: todo esto se captura en imágenes que circulan instantáneamente, construyendo percepciones de autenticidad.

El secreto mejor guardado: tu equipo importa más que tus rivales

Aquí va una observación que puede sorprender: los líderes políticos exitosos hoy prestan mucha más atención a quienes tienen “al lado” o “adentro” de sus equipos que a quienes tienen “enfrente” como competidores.

¿Por qué? Porque el entorno interno —el equipo de colaboradores, asesores, funcionarios— es el principal constructor de la percepción pública. Un equipo cohesionado, donde existe confianza mutua y compromiso compartido, proyecta competencia y estabilidad. Un equipo fragmentado, con conflictos internos y filtraciones, genera percepciones de caos que ninguna campaña puede contrarrestar.

En la era digital, donde cada interacción interna puede volverse pública, donde empleados descontentos se convierten en fuentes anónimas, la gestión del entorno interno es fundamental. Cada miembro del equipo es un embajador potencial de tu narrativa política.

Mientras que los competidores externos son variables sobre las que tienes control limitado, tu equipo es un recurso que puedes cultivar, desarrollar y optimizar. Los grandes líderes lo saben: primero construyes un equipo excepcional, luego compites.

El dilema contemporáneo: ¿imagen o sustancia?

Llegamos al punto crítico. Si la percepción importa tanto, si la empatía visual es tan poderosa, si la gestión de equipos internos es crucial… ¿no corremos el riesgo de que la política se reduzca a puro teatro? ¿A performance superficial donde la imagen reemplaza completamente a la acción efectiva?

Este es el gran desafío ético de nuestro tiempo político. Y no tengo una respuesta definitiva, pero sí una convicción: el arte político en su mejor expresión combina sensibilidad emocional con rigor analítico, gestión de percepciones con acción sustantiva, construcción de equipos cohesivos con apertura a la diversidad.

No se trata de elegir entre empatía o competencia técnica. Se trata de integrar ambas. No se trata de priorizar imagen sobre resultados, sino de reconocer que en el mundo contemporáneo, comunicar efectivamente los resultados es parte integral de gobernar bien.

Preguntas para seguir pensando

¿Cómo evaluamos nosotros, como ciudadanos, a nuestros líderes? ¿Nos dejamos llevar únicamente por percepciones emocionales o exigimos también resultados concretos? ¿Cómo distinguimos entre empatía genuina y manipulación calculada?

Y para quienes tienen responsabilidades de liderazgo —en cualquier nivel, desde un club hasta una provincia—: ¿están invirtiendo suficiente energía en construir equipos sólidos? ¿Están cultivando la capacidad de conectar emocionalmente sin sacrificar la sustancia de su trabajo?

La política como arte requiere talento, pero también técnica cultivada. Requiere sensibilidad emocional, pero también rigor analítico. Requiere gestionar percepciones, pero sin perder de vista que las percepciones sostenibles se construyen sobre acción real.

Los líderes que logren este equilibrio delicado no solo tendrán éxito electoral. Contribuirán a revitalizar la democracia en una era de fragmentación y desconfianza. Y eso, me parece, es un objetivo que vale la pena perseguir.

¿Qué opinan? ¿Creen que la política contemporánea ha perdido sustancia en favor de la imagen?

¿O estamos simplemente adaptándonos a nuevas formas de comunicación y conexión humana?

Plan  B/ Horacio Ortiz, periodista de Leandro N. Alem / 27-7-2026

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