Historias de Posadas.

Patricio "Paddy" Downes: Roque González hizo historia, pero antes le fue mal y quizo suicidarse

Por Patricio “Paddy” Downes *

Es el primer santo criollo de Paraguay, fundó 11 pueblos de jesuitas y guaraníes y fue canonizado por Juan Pablo II en 1988.

Pero antes, este héroe de la región, cuya obra y su influencia llega hasta nuestros días en Paraguay y Misiones, la pasó mal y estuvo a punto de quitarse la vida.

Hace más de 400 años, San Roque González de Santa Cruz padeció una honda tristeza y la tentación de acabar con todo. Pero logró vencer el profundo pozo que lo tragaba y que le transmitió al superior jesuita Diego de Torres.

Rafael Carbonell de Masy, quien vivió más de una década en Misiones, descubrió y divulgó esa carta de desencanto y angustia del santo criollo San Roque. Carbonell de Masy, (Asturias 1933/Asunción 2019) impulsó la canonización de un anciano cacique guaraní catecúmeno que acompañaba a los padres jesuitas.

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Carbonell de Masy, apegado a la “tierra colorada”, destacó dos aspectos esenciales de Roque González de Santa Cruz. El primero que, el santo criollo fue hijo del escribano real Bartolomé González de Villaverde, oriundo de León; y de María de Santa Cruz, hija del español Juan de Santa Cruz y de una guaraní llamada Francisca. Otra versión indica que María habría nacido también en Toledo.

Más, la clave del hallazgo de Rafael Carbonell de Masy, quien tuvo a su cargo Ciencias Económicas y Cooperativismo al inicio de la Universidad de Misiones, radica en la carta donde el santo criollo relata su angustia.

Es la angustia de San Roque González de Santa Cruz, nada menos que el fundador de una docena de reducciones guaranítico-jesuitas, el valiente evangelizador asesinado en Caaró, Brasil.

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El fundador de la embrionaria Posadas de nuestros días y de pueblos como Encarnación y Concepción de la Sierra.

Roque confesó su honda depresión y la tentación de hasta “perder la vida y de hacer algún disparate”. Lo hizo en una carta al provincial Diego de Torres, fechada en San Ignacio Guazú, el 26 de noviembre de 1614. Pero venció ese momento oscuro, continuó su obra hasta morir martirizado en 1628, y hoy es venerado como santo.

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El corazón de Roque González de Santa Cruz se conserva en Asunción.

Los tres jesuitas ya fueron canonizados, y la causa del anciano cacique está iniciada en base a haber muerto por el Evangelio en idénticas circunstancias (bautismo de sangre) y con nombre guaraní que muestra valentía al manifestar su fe: Ará sunú, voz del cielo.

San Roque nació en Asunción en 1576. Fue inicialmente sacerdote diocesano y después ingresó a la Compañía de Jesús en 9 de mayo de 1609. Hace gran parte de sus dos años de noviciado entre los indígenas guaycurúes de la Región del Chaco. Tenía todo a mano para un vida cómoda y refulgente. Su hermano fue gobernador y el obispo Trejo y Sanabria, medio hermano de Hernandarias (Hernando Arias de Saavedra), le ofreció ser párroco de Asunción. Pero decidió unirse a los jesuitas.

Realizó sus primeros votos, en 1612 y el Provincial Jesuita Diego de Torres lo envió a explorar las orillas del Río Paraná. Fundó en 1615 la Itapúa que hoy es Posadas y, en 1618,  las reducciones de “Itapúa” (actual Ciudad de Encarnación, “Santa Ana” (Itatï), “Yaguapoa”.

En 1620 funda la Reducción de “Concepción” y en 1626 “Yapeyú”, “San Nicolás” y “San Javier”. En 1627 se convierte en Superior de las Reducciones, y en 1627 funda las reducciones de “Candelaria”, “Todos los Santos del Ka’aro” y “Nuestra Señora de la Anunciación del Yyuhi”.

Muere mártir el 15 de noviembre de 1628 en la reducción “Todos los Santos del Ka’aro”. (A orillas del Río Uruguay, actualmente Rio Grande Do Sul- Brasil). A pesar de que su cuerpo haya sido quemado, su corazón milagrosamente  permaneció intacto y fue llevado a Roma.

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Al borde del abismo, entre la vida y la muerte, pidió ayuda como tantos otros seres humanos angustiados hasta la muerte. Ya no quería vivir. Lo acorralaban la depresión, la angustia y el dolor en el corazón. “Nada se rompe como un corazón”, según artistas como Miley Cyrus y Mark Norton.

El 26 de noviembre en carta al provincial Diego de Torres, desde San Ignacio Guazú, desvela su tristeza. Cuenta que siguió unas purgas que le aconsejo Torres. Pero admite que ha tocado fondo agobiado por sus “afligimientos de corazón tan continuos” que lo empujarían hacia el final.

“Aprietan tanto, que me veo y me deseo, y tan a pique de perder la vida, o dar en algún disparate. Sicut fuerit voluntas in coelo, sic fiat. La mía no es más que hacer la voluntad de Vuestra Reverencia; no tengo otros consuelo ni gusto, sino hacer el de Vuestra Reverencia, porque haciéndole, hago el de Dios, y así, digo, que vivo muriendo aquí, y temo perder el juicio, según tengo la cabeza, cansada y quebrada con la continua guerra continua guerra que siempre tengo con tantos escrúpulos y tanta soledad y melancolías”.

Y logró seguir adelante, hasta que en 1615 levantó su rancho en el embrionario caserío guaraní al que bautizó Anunciación de Itapúa y que hoy es Posadas.

Esta fuerza espiritual del santo para superar su estado de ánimo fue comentada por los jesuitas Rafael Velasco, provincial de la orden en Argentina y Uruguay; Alberto Luna, rector del Centro Interprovincial de Formación San Pedro Fabro en Santiago de Chile; y el párroco de San Pedro en Lima, Perú.

“Esa frase está en los escritos. Al menos en los que yo leí. Se decía que Roque González tenía un carácter melancólico, es decir tendiente a la depresión. Lo que muestra que fue un hombre de gran Fe y voluntad”, señaló el provincial argentino padre Rafael Velasco.

Para el jesuita Luna, paraguayo de Caazapá y formador de novicios en Chile, señaló a este periodista que el propio San Ignacio de Loyola atravesó una oscuridad similar. “Tuvo una crisis terrible (San Ignacio de Loyola); unas angustias terribles y que me remite a esto que vive Roque. Es interesante ver cómo estas personas fueron extraordinarias, pero eran seres de carne y hueso con sus tremendas luchas interiores”.

“Eso lo hace más humano, como que uno lo siente más cercano a uno mismo”, contó el jesuita Luna. “Ese episodio fundamental en su vida (de Loyola) fue muy duro”.

La carta no formó parte de la documentación que consta en su proceso canónico. Pero el jesuita Rafael Carbonell de Masy, junto a otros dos sacerdotes de su orden, la publicó en Paraguay. Los coautores del jesuita Rafael, fueron José de Jesús Aguirre y Antonio Betancor. En realidad no desmerece en nada a San Roque G. Santa Cruz. Al contrario, realza su fe y su voluntad inquebrantable de servir a Dios y a los guaraníes.

Señala –en la carta a Diego de Torres- que se siente capaz de “algún disparate”. Por supuesto que no es una constancia del modo en el que desea partir de su plano vivencial. Pero, según el contexto significaría huir de la vida que soporta en medio de la selva, evangelizando, luchando contra mil y una tentaciones. No hay que olvidar que Roque dejó una cómoda posición en Asunción, designado párroco de la ciudad, hijo de una familia de alcurnia criolla, hermano del teniente general Fernando González de Santa Cruz y emparentado con Hernandarias, un personaje de leyenda, porque una de sus hermanas se casó con el hijo de Fernando Arias de Saavedra. Este, a su vez, hermano del obispo Trejo y Sanabria, fundador de la Universidad de Córdoba.

El párroco del templo limeño, Enrique Rodríguez, señaló a su vez: “No me atrevería a sugerir un trastorno bipolar, pero tampoco me llamaría la atención; al fin y al cabo, en el catálogo de los santos y santas de la Iglesia Católica, según los entendidos, habría un buen número de personas caracterizadas por esa condición. Lo que sugiero, más bien, desde el campo de la experiencia espiritual, son los síntomas de una persona escrupulosa”.

Rodríguez agregó que las personas con escrúpulos “sufren mucho, pero a la vez tienen la claridad mental, formación humana y teológica, amén de una brillante inteligencia, elementos que se traslucen en la correspondencia del padre González, pueden en gran manera contrapesar (relativizar) lo que algunos llamarían literariamente “demonios interiores”.

“Como sea la voluntad en el Cielo, así se haga”, leyó el padre Luna del otro lado de la línea, con una tonada algo chilena sobre su acento paraguayo. “Lo que dice (en su carta) es que como sea su voluntad en el cielo, así se haga. En el fondo, lo que dice es que ´lo que Dios quiera que sea o bien, ´lo que Dios quiera, amén´”.

En cuanto al santo y su “cabeza, cansada y quebrada”, el jesuita Luna explicó que “sería lo que hoy llamamos un burnout, un cuadro agudo de estrés, soledad, exceso de trabajo, posible cansancio físico y agotamiento, y no tener con quien compartir su mundo interior”.

En su carta (publicada por el padre Pedro Lozano en su Historia de la Compañía de Jesús) San Roque González de Santa Cruz manifestó que no se dejaría vencer, pese a todo. “Con todo digo estar resuelto a estarme aquí, aunque muera mil muertes y pierda mil juicios, que no serán para mí pérdidas, sino ganancias”, le escribió al Provincial Diego de Torres, dispuesto a obedecer lo que le mandara.

El jesuita Luna recordó que el propio santo intentó una purga, pensando en un mal corporal. “Por lo visto no era eso y era más bien por lo que cargaba, los problemas, porque era superior de todas las misiones, con mucha responsabilidad”, agregó.

Los jesuitas consultados mencionan también las difíciles condiciones de vida de los misioneros, entre las cuales figura la alimentación deficiente, con consecuencias hasta neurológicas. “Siente la tentación del suicidio, que es la misma que siente San Ignacio (de Loyola). A leer su autobiografía se encuentra mucha sintonía entre lo vive Ignacio y lo que vive Roque, incluso en sus expresiones”.

Por encima de toda duda, el trabajo evangelizador de san Roque tiene una enorme dimensión histórica. Entre otras fundó desde 1626 las reducciones de San Nicolás (Brasil), San Francisco Javier (Brasil), Yapeyú o Nuestra Señora de los Reyes (Argentina), Candelaria del Ibicuití, en 1627 (Brasil) trasladada después a Caazapaminí, 1628 (Brasil), y más tarde, Asunción del Iyuí, 1628 (Brasil) y todos los Santos del Caaró, 1628 (Brasil). Esto figura en el libro que reproduce las cartas de los tres mártires de Caaró.

Agrega Itapúa en 1615 (Argentina) –luego despoblada y refundada en Encarnación-  Yaguapoa 1626 (Paraguay), y la reconstrucción de San Ignacio Guazú, fundada en 1609, Santa Ana y Concepción.

En cuanto al relato de la tentación que también tuvo Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, el jesuita Luna señaló el estado de desánimo en el que cayó Ignacio. Tal relato figura en la autobiografía de Ignacio de Loyola, cuando peregrinaba a Jerusalén y pensó en arrojarse a “un agujero grande” y perder la vida. Luego, dejó de comer con la idea de acercarse a la muerte.

Refiere en ese texto, citado por el jesuita Alberto Luna, que el confesor de San Ignacio le ordenó suspender el ayuno. Y al final, el fundador de los jesuitas, se pudo librar de sus escrúpulos por la vida que había llevado y, por lo tanto, de la misma tentación que sufrió Roque González de Santa Cruz.

Es la tentación que, sin temor a la crítica interesada y tal vez maliciosa, se atrevió a difundir Carbonell de Masy, una figura señera en la educación universitaria misionera. Historiador jesuita, cooperativista reconocido mundialmente, es muy extenso su curriculum brillante, llegado a Posadas en 1976, se afincó en la región y deseó volver, aunque daba cátedra en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, hasta que al fin sucumbió al Alzheimer el 21 de septiembre de 2019 en la Enfermería Provincial de los Jesuitas en Paraguay.

Periodista y Licenciado en Comunicación Social (UNR)*

 

 

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