A continuación, compartimos una columna de opinión del periodista Marcelo Berenstein, argentino radicado en Asunción hace muchos años, y socio de NextMedia.
Opinión: La tormenta perfecta del Paraguay (y nadie trajo paraguas)
Por Marcelo Berenstein*
En Paraguay, la política y la economía han decidido dejar de disimular y empezar a chocar en cámara lenta. El problema es que, como suele pasar, cuando finalmente ocurre el impacto, ya es tarde para frenar. En este contexto, la pregunta relevante no es si habrá consecuencias económicas, sino cuánto costará —en crecimiento, inversión y empleo— esta crisis que el propio sistema político parece empeñado en profundizar.
Para entender el frente económico, hay que empezar por el origen del ruido: la política. Y hoy, ese ruido no es de fondo; es ensordecedor.
El episodio inicial es conocido: la internación de urgencia del expresidente Horacio Cartes. Formalmente, un evento de salud. En términos de poder, un shock de incertidumbre. Porque en Paraguay, donde las estructuras informales pesan tanto como las institucionales, la percepción de debilidad en el principal articulador político del oficialismo tiene efectos inmediatos.
(Traducción para mercados: sube la prima de riesgo político).
Un Cartes debilitado no es solo un problema personal; es un multiplicador de fragilidad para el presidente Santiago Peña. Y esa fragilidad ya está siendo arbitrada —y explotada— dentro del propio oficialismo.
Honor Colorado, históricamente sinónimo de disciplina vertical, hoy funciona más como un laboratorio de fisuras. El “fuego amigo” dejó de ser metáfora para convertirse en método. Y cuando la coalición de gobierno empieza a comportarse como oposición interna, el costo no es retórico: es económico.
Las declaraciones del expresidente Nicanor Duarte Frutos confirmaron lo evidente: la “percepción negativa” ya no es una lectura académica, sino un dato político operativo. Más aún cuando advierte sobre la posible pérdida del poder. No es habitual que un partido en funciones discuta públicamente su propia supervivencia… salvo cuando la incertidumbre ya es estructural.
A esto se suma el comentario —difícil de clasificar entre sinceridad brutal e imprudencia diplomática— del embajador Gustavo Leite, quien deslizó que empresarios perciben que antes “no había ni olor a coima” y que las reglas del juego eran más claras. Traducido al lenguaje técnico: se está cuestionando la calidad institucional del presente desde adentro del propio gobierno.
No es exactamente la señal que uno envía cuando quiere atraer inversión extranjera directa.
Porque, conviene recordarlo, el capital no solo es cobarde: también es selectivo. Y ante ruido político, tiende a aplicar una estrategia bastante sofisticada: esperar. El problema es que, en economías emergentes, “esperar” suele ser sinónimo de frenar.
Pero si el frente político es preocupante, el económico ya empezó a mostrar síntomas más concretos.
El punto de inflexión fue la salida del ministro de Economía, Carlos Fernández Valdovinos. No fue una renuncia más; fue la remoción de la principal ancla de credibilidad macroeconómica del gobierno. En un país que venía construyendo reputación de estabilidad fiscal relativa, perder a su garante técnico en medio de una crisis política es, como mínimo, inoportuno. Como máximo, un error no forzado.
Valdovinos cumplía un rol clave: señalizar previsibilidad. Su salida introduce exactamente lo contrario.
Y aquí aparece el verdadero frente de riesgo: la dinámica fiscal.
El Estado paraguayo enfrenta un aumento sostenido de obligaciones impagas, particularmente con sectores intensivos en capital como la construcción y la industria farmacéutica. Esto no es solo un problema contable; es un problema de liquidez sistémica.
Cuando el Estado se atrasa, se activa un mecanismo bastante conocido:
- Las empresas ajustan flujo de caja
- Se frenan proyectos
- Se posterga inversión
- Se destruye empleo en cadena
En otras palabras, la economía real empieza a pagar la factura de la descoordinación política.
Sin un liderazgo claro en el Ministerio de Economía, el riesgo no es únicamente el desorden fiscal, sino la pérdida de anclaje de expectativas. Y en macroeconomía, las expectativas no son un detalle: son la mitad del modelo.
A esto se suma un elemento menos visible pero igual de crítico: el deterioro de la confianza intersectorial. El sector privado ya no solo reclama pagos; empieza a dudar de la capacidad del gobierno para gestionar la transición de corto plazo. Y cuando la confianza se erosiona, el crédito —formal o informal— se encarece o desaparece.
El resultado es previsible: menor inversión, menor crecimiento y mayor presión social. Un combo clásico, aunque no por eso menos evitable.
En síntesis, Paraguay enfrenta una tormenta perfecta, pero no por fatalidad externa sino por acumulación interna de errores, tensiones y señales contradictorias. La política, en lugar de reducir la incertidumbre, la está amplificando. Y la economía, que venía siendo un activo reputacional, empieza a reflejar ese desgaste.
La ironía —inevitable— es que el país no enfrenta una crisis por falta de recursos, sino por exceso de ruido.
La prueba de fuego para Santiago Peña no será técnica, sino política: demostrar que puede reordenar el poder antes de que el desorden termine de trasladarse a las variables duras. Porque cuando la crisis deja de ser narrativa y pasa a ser macroeconómica, ya no se gestiona con discursos.
Se gestiona con costos.
Y esos, como siempre, no los paga la política. Los paga la economía real.
Marcelo Berenstein
Socio de NextMedia

