Por Sergio César Santiago*
En un mundo cada vez más polarizado, donde las tensiones ideológicas y las crisis sociales se intensifican, asistimos a un fenómeno preocupante: la decadencia de la Democracia.
Este retroceso no es solo una cuestión de sistemas políticos debilitados o instituciones corroídas, sino también de una creciente atracción hacia modelos autoritarios que se presentan bajo el disfraz de novedad y progreso.
Sin embargo, lo que muchos promueven como “innovación” no es más que un retorno al pasado, una vuelta a formas de gobierno que ya han sido superadas históricamente pero que, debido al desgaste de las democracias actuales y a la falta de memoria histórica, encuentran terreno fértil en las nuevas generaciones.
El totalitarismo: viejo disfrazado de nuevo
El totalitarismo, ese sistema político que concentra todo el poder en manos de un líder o partido único, eliminando libertades individuales y reprimiendo cualquier forma de disidencia, no es algo nuevo.
Históricamente, ha sido responsable de algunos de los períodos más oscuros de la humanidad: regímenes como el nazismo, el fascismo y el comunismo soviético dejaron cicatrices indelebles en millones de personas.
Estos sistemas fracasaron no solo por su brutalidad, sino porque demostraron ser incapaces de garantizar el bienestar colectivo, promover la innovación o respetar la dignidad humana.
Sin embargo, hoy en día, el totalitarismo está siendo rehabilitado, no como una lección aprendida del pasado, sino como una supuesta solución a los problemas contemporáneos.
Esta reinterpretación surge en parte del desgaste de las democracias liberales, que enfrentan desafíos como la corrupción, la desigualdad económica y la percepción de ineficacia. En este contexto, los defensores del autoritarismo presentan sus ideas como un camino alternativo, argumentando que la democracia es demasiado lenta, caótica o débil para abordar los problemas urgentes.
Lo paradójico es que quienes promueven estos modelos no están ofreciendo nada nuevo. El populismo autoritario que vemos hoy en diversas partes del mundo repite las mismas estrategias de siempre: la centralización del poder, la demonización del adversario, la manipulación de la información y la erosión de las libertades civiles.
Lo que cambia es el empaquetado: ahora se presenta como “moderno”, “revolucionario” o incluso “progresista”, aprovechándose de la ignorancia histórica de las nuevas generaciones.
La subestimación del totalitarismo por parte de las nuevas generaciones.
Una de las razones por las que el totalitarismo encuentra adeptos en la actualidad es que muchas personas, especialmente jóvenes, nunca han vivido bajo un régimen autoritario. Para ellos, las dictaduras y los horrores del siglo XX son historias lejanas, contenidas en libros de texto o películas documentales, o de ciencia ficción.
No experimentaron directamente el miedo constante, la opresión, la censura o la violación sistemática de los derechos humanos. Como resultado, tienden a subestimar los peligros inherentes a estos sistemas.
Además, existe una tendencia a idealizar ciertos aspectos del totalitarismo, como la supuesta eficiencia en la toma de decisiones o la capacidad de movilizar recursos rápidamente. Se olvida que estas “ventajas” vienen siempre acompañadas de un costo humano inaceptable: la pérdida de libertades, la represión de las minorías y la eliminación de cualquier espacio para el debate crítico.
Esta falta de análisis crítico permite que el totalitarismo sea visto como una opción viable, incluso deseable, especialmente cuando se combina con narrativas simplistas que culpan a la democracia de todos los males del mundo. Sin embargo, la historia nos enseña que los sistemas autoritarios no resuelven los problemas estructurales; simplemente los ocultan bajo una capa de propaganda y control.
La violencia ideológica y el populismo como herramientas de exclusión
Otro factor clave en el resurgimiento del totalitarismo es el uso de la violencia ideológica y el populismo para marginar y silenciar a quienes piensan diferente.
En lugar de fomentar el diálogo y el debate abierto, los defensores del autoritarismo recurren a tácticas agresivas para imponer sus ideas.
Esto incluye la descalificación pública del adversario, la difusión de teorías conspirativas y la construcción de un “enemigo interno” que sirva como chivo expiatorio de todos los problemas. El populismo, por su parte, juega un papel crucial en este proceso.
Al presentarse como el portavoz de “la gente” contra “las élites”, los líderes autoritarios logran consolidar su poder mientras justifican la eliminación de cualquier oposición.
La Democracia, con su énfasis en la pluralidad y el respeto a las diferencias, es vista como un obstáculo para este proyecto, y por ende, debe ser desacreditada o destruida.
Este enfoque excluyente no solo socava las bases de la convivencia pacífica, sino que también contradice los principios fundamentales de la democracia: la tolerancia, el respeto mutuo y la búsqueda del consenso. En su lugar, se instaura una cultura de odio y confrontación que erosiona la confianza social y profundiza las divisiones.
El engaño del “cambio” autoritario
Uno de los argumentos más insidiosos utilizados por los defensores del totalitarismo es que representan un “cambio necesario“.
Presentan sus propuestas como una ruptura radical con el statu quo, como si fueran una respuesta innovadora a los desafíos modernos. Pero, en realidad, lo que ofrecen es una repetición de errores del pasado, envueltos en un lenguaje contemporáneo.
Este engaño resulta especialmente efectivo en momentos de crisis, cuando las personas buscan soluciones rápidas y definitivas.
Sin embargo, la historia demuestra que los sistemas totalitarios no traen estabilidad ni prosperidad; al contrario, generan más inestabilidad, conflicto y sufrimiento. Lo que parece ser un “cambio” revolucionario termina siendo un retroceso hacia modelos obsoletos e inviables.
La importancia de defender la Democracia
Frente a esta amenaza, es fundamental recordar que la democracia no es perfecta, pero sigue siendo el mejor sistema político disponible.
A diferencia del totalitarismo, la democracia permite la corrección de errores, la renovación de liderazgos y la inclusión de diferentes voces.
Reconoce que nadie tiene todas las respuestas y que el progreso requiere colaboración, diálogo y compromiso.
Para proteger la Democracia, es esencial educar a las nuevas generaciones sobre los peligros del totalitarismo y la importancia de las libertades individuales. También debemos trabajar para fortalecer nuestras instituciones democráticas, combatir la corrupción y reducir las desigualdades que erosionan la confianza en el sistema.
Finalmente, debemos resistir la tentación de adoptar soluciones simplistas o autoritarias. La democracia exige paciencia, esfuerzo y voluntad de escuchar a los demás. Pero vale la pena luchar por ella, porque representa la única forma de gobierno que verdaderamente respeta la dignidad y la diversidad humana.
En un mundo donde el totalitarismo intenta disfrazarse de ” lo nuevo“, debemos recordar que lo viejo no siempre es sabio, y que algunas lecciones del pasado no deben ser olvidadas. Defender la democracia no es solo preservar un sistema político; es defender los valores que hacen posible una sociedad libre, justa y próspera.
Cuando fracasan los principios esenciales como la democracia, la solidaridad y el encuentro, no solo se quiebra el sistema, sino también el alma de la sociedad. Sin ellos, perdemos el equilibrio entre libertad y convivencia, y el vacío que dejan lo ocupan el autoritarismo, la indiferencia y el conflicto.
Defender estos valores no es solo proteger una forma de organización política o social, sino preservar la posibilidad de un mundo donde las diferencias enriquecen en lugar de dividir, y donde el respeto y la cooperación guían nuestro camino hacia el futuro. La verdadera innovación no está en destruir lo que nos une, sino en fortalecerlo.
Decían los mapuches “los pájaros no cantan porque amanece, los pájaros cantan para que amanezca. ¡Por eso necesitamos que la democracia amanezca nuevamente!”
Plan B/ Sergio C. Santiago, abogado, ex ministro del STJ de Misiones / 21-5-2025