Diego Hartfield, Agente Productor de Mercado de Capitales, analiza la situación económica con profundidad y afirma que el problema central de Argentina es la inflación, que no se compara con la del resto del mundo.
En medio del ruido político, la volatilidad de los mercados y el miedo a una recesión global, es clave evitar explicaciones simplistas. El tipo de cambio no está atrasado: lo que está cambiando es el valor del peso. Y la base sigue firme.
En las últimas semanas vimos algo de pánico en los mercados argentinos. Como suele pasar en estos momentos, todos buscamos explicaciones rápidas. Y muchas veces nos aferramos a la que más nos gusta. Algunas tienen cierta lógica, otras no tanto, y muchas omiten elementos fundamentales para entender el contexto real.
El principal problema que arrastra la Argentina desde hace años es la inflación. Una inflación que no es comparable con la del resto del mundo, ni siquiera después de la pandemia. Esta dinámica se sostiene sobre una base concreta: la baja demanda de pesos. Durante mucho tiempo, nadie quiso tener pesos. La moneda local perdió todo respaldo de confianza, en parte por la constante emisión para financiar el gasto. Ese proceso desembocó en una inflación descontrolada, un deterioro social profundo y una pobreza que superó el 55% al final del gobierno anterior.
Con la llegada del nuevo gobierno, el enfoque cambió. El equilibrio fiscal pasó a ser el eje del plan económico. Esa disciplina en las cuentas comenzó a generar, de a poco, una mayor confianza en el peso. Y eso transformó conductas: empresas que antes corrían a stockearse, hoy esperan; el consumo se ordena; los precios se estabilizan. Incluso sectores como el de la yerba, donde el movimiento era puramente defensivo, empezaron a mostrar esa calma.
En ese contexto, empezó a circular con fuerza la idea de que el dólar “está barato”. Pero acá hay una confusión clave. El dólar no está barato. Lo que sucede es que el peso dejó de caer al ritmo al que estábamos acostumbrados. Argentina sigue siendo un país caro, pero no porque el tipo de cambio esté atrasado. Lo es porque su estructura es ineficiente, está sobrecargada de impuestos, con altísimos costos de producción y una burocracia que desalienta cualquier intento de crecimiento. Históricamente intentamos resolver ese problema devaluando. Pero eso solo funcionó como un alivio de corto plazo, que más temprano que tarde volvía a generar inflación y profundizaba la pobreza.
Ahora bien, lo que vimos en las últimas semanas responde a un nuevo factor: el contexto internacional. El mercado global empezó a mostrar un temor concreto a una recesión con inflación —una posible estanflación—, que reactivó todas las alarmas. Algunos indicadores muestran niveles de aversión al riesgo superiores incluso a los que vimos durante el COVID. Esto generó un reacomodamiento global: ventas masivas de acciones, saltos en el precio del oro, y una huida hacia activos refugio. Incluso el Bitcoin, que muchos señalaban como el nuevo oro, no pudo resistir. En ese marco, es lógico que los agentes locales también se hayan movido hacia coberturas. Eso generó presión en los dólares financieros, y dio lugar a una nueva narrativa política aprovechada por la oposición para sembrar incertidumbre.
Sin embargo, es clave mirar con perspectiva. Las bases del programa económico no cambiaron. El superávit fiscal sigue firme, los datos de actividad muestran signos de recuperación y el riesgo país, si bien rebotó, viene de niveles mucho más altos. Ninguna tendencia es lineal. Lo importante es evaluar si esto es un cambio de rumbo real o simplemente una corrección en un proceso de mayor estabilidad.
El verdadero desafío del gobierno, en este punto, no pasa por una devaluación —que solo volvería a activar el ciclo inflacionario—, sino por avanzar en reformas que mejoren la competitividad real. Una baja de impuestos y retenciones, por ejemplo, permitiría mejorar el margen de los exportadores y dar señales positivas a los importadores, sin comprometer la estabilidad monetaria. Y, sobre todo, sin volver a golpear el bolsillo de la gente.
El futuro está atado a una sola variable: la confianza. Y esa confianza se construye desde el orden fiscal, no desde los atajos. Por eso, en medio de la tormenta, es fundamental no perder de vista el bosque por mirar demasiado cerca el árbol.
Por Diego Hartfield, Agente Productor de Mercado de Capitales