Por Martín Boerr
Hay un dicho que dice que la pobreza y las adversidades, pueden ser el punto de partida de la prosperidad, porque generan humildad, trabajo duro, e incentivan el esfuerzo. Y eso, a su turno, trae inevitablemente el progreso y la riqueza.
De forma inversa, la abundancia, suelen venir acompañaa de soberbia, falta de humildad y pérdida de la conducta, lo cual tarde o temprano deriva en la ruina.
Este jueves en una súper-noche, el fútbol nos dio otra lección que sirve para la vida, al mostrar las dos caras de esa moneda: éxito y millones, sin alma; vs humildad y carácter para hacer historia.
En Nuñez, cerca de las 20, se cerró el decepcionante segundo ciclo de Marcelo Gallardo en un River signado por contrataciones multimillonarias, un club que se autopercibe europeo y actúa como un super rico, en un país y en un fútbol en decadencia.
Un club que anda con la cabeza en excentricidades como el techado del estadio, al que si puede, en cualquier momento también le pone aire acondicionado.

Se fue Gallardo con una salida polémica de la cancha, muchos interrogantes y unas cuantas miserias que pronto van a empezar a salir a la luz.
Se fue un hombre al que le habían hecho una estatua con un bulto (literal) bien grande, en el epítome de la adulación sin medias tintas.
Una muestra de mal gusto y exageración, que en su momento pasó todo filtro, sin nadie hablara desde la sensatez. River quizás ya estaba enfermo del peor virus: el exitismo y la soberbia. A lo mejor, la alcachuetería y la autocomplacencia ya incubaban el futuro desastre.
La otra cara de la moneda
Mientras Gallardo hacía mutis por el foro con pena y sin gloria, a 2.700 kilómetros al Noreste, en Río de Janeiro, estábamos por asistir a una noche inolvidable de fútbol, otro Maracanzo, pocas veces tan bien puesto ese rótulo.
El protagonista esta vez era el siempre modesto Lanús, que doblegó al súper poderoso Flamengo, tres veces campeón de la Libertadores en los últimos seis años (2019, 2022 y 2025, títulos a los que debe sumarse el subcampeonato de 2021).
El club con la hinchada más grande del mundo y billetera galáctica, jugando en su propia casa.
Me enganché con esa finalísima cuando Lanús ya empataba 1 a 1 y se defendía metódico, con prolijidad pero ya algunos sobresaltos.
Cedía demasiado peligrosamente la pelota al “Mengao”, para mi gusto. Soy de los que creen que esos asedios interminables, tarde o temprano terminan doblegando la defensa del equipo que se mete tan atrás.
Pero Lanús al final, se defendió con carácter y disciplina. La tevé pasó la definición de Rodrigo Castillo en el primer gol de Lanús, y no pude sino admirar esa primera muestra de coraje.
Cómo un jugador tiene la habilidad para transformar una jugada que para otros (acaso para un rutilante fichaje de River) sería otra más, incluso hasta intrascendente.
No para el de Lanús, sabedor de que quizás ya no tendría otras así, le sacó dulce de leche y crema a la oportunidad.
La modestia es así, vas de vacaciones a Mar del Tuyú y te sentís como en el Caribe. En cambio, cuando lo tenés todo, llegás al Club Med otra vez y ya empezás a reparar en si faltan toallas o te pusieron en una habitación con mala vista, o si al bufet del desayuno le faltaba alguna fruta exótica.
Castillo no chamboneó, gambeteó a Rossi con un toque certero y sin demora, de primera, pispeó el arco y le dio con la fuerza suficiente para que la bola traspasara la línea, rápido antes del cierre de un defensor que ya casi llegaba a interponerse en la linea de tiro.
Pero no tan fuerte como para dejar librado al azar la dirección del mismo. Y descontando la natural deriva hacia la izquierda que da semejante pase largo al arco con la cara interna del pie derecho. Pura precisión y coraje. Hay que hacer ese gol, a otro se le va ancha o le pasa algo o se demora y lo bloquean.
No a Castillo, no en esta noche de emociones.
Con ese carcácter jugó Lanús el segundo tiempo, supo encajar el golpazo del segundo gol de Flamengo (el arquero de Lanús casi se la saca el penal a Jorginho, con ese saltito raro, quien lo pateó con categoría, sí, pero casi le sale mal ) y llegó al alargue.
Lo mejor estaba por venir.
Al contrario de lo que pensábamos muchos, Lanús cambió el libreto, sacó piernas de donde no tenía y fue a tratar de mojarle la oreja a un Flamengo que ya también estaba muy cansado y tampoco quería regalarse atrás.
Y así vino el pelotazo de izquierda a derecha, un delantero de Lanús que la paró con categoría y el zapatazo del recién ingresado Walter Bou, que le dio incómodo de donde estaba, también conciente de que había que sacarle jugo a lo que cayera cerca -o lejos- del arco. Al final, consiguió el córner.
Y vino el centro de Sepúlveda y el extraordinario gol del “paragua” José Canale.

Miren la jugada: el cabezazo. La mayoría de las veces, cuando la pelota queda tan atrás, el cabeceador le da incómodo y el tiro sale para cualquier lado. Pero el paraguayo -otro que sabe que con lo poco que hay, se debe hacer mucho-, retorció el cuello, y lo tiró un poco para atrás y para el costado y logró así colocar el frentazo justo para ponerla al ángulo.
Golazo, emocionante, corrida y festejo en el banderín del corner.
Emocionante Lanús, ya estábamos ante una finalísima, un partidazo electrizante de esos que quedan en la memoria, y no de esas finales que hoy se hacen como chorizos, sin alma, solo para repartir premiaciones. Titulos que nadie recuerda apenas pasados unos días.
¿Decía que River no tiene alma? ¿Que los millones y la soberbia le hicieron perder la humildad, el trabajo y el carácter?
Lo que a River le falta y los millones no pueden comprar, es lo que estaba mostrando Lanús y lo que estaba por plasmar en una jugada que quedará grabada en la memoria de muchos futboleros. El gol de Dylan Aquino.
Guapo, Lanús.
No conforme (cómo la pobreza genera ese “hambre” de gloria imposible de recrear, se tiene o no se tiene) con tener la Copa casi en el bolsillo y dedicar el resto de los minutos solamente a defenderse, el Granate lo fue a rematar al poderoso “Mengao”, ya agrandadísimo.
Como esos boxeadores que ya tienen la victoria porpuntos, pero miran el reloj, ven que faltan 30 segundos y se van a poner al campeón contra las cuerdas, buscando el nocaut.
Porque a Lanús, lo que le faltaba en piernas, en presupuesto y recursos, en escasísima atención del mundo fútbol, le sobraba en corazón y afán de dejar una huella.
Cada cosa que pasó en el segundo gol, se sale de lo normal. La forma en que el pibito Aquino corrió para llegar a bloquear el despeje del defensor de Flamengo, como un jugador de rugby ante el kick rival.
Saltó en el aire y se puso de perfil para tratar de cubrir el pelotazo con toda su humanidad.
Dylan logró interceptar la pelota. El balón bien podría haberse ido afuera, o podría haber volado para cualquier lado.

Pero acaso esta súper noche había alguien arriba que quería terminar de redondear un mensaje, para quien quiera escucharlo.
La pelota le quedó al atacante, que apenas aterrizó ya sabía lo que iba a hacer, sabía lo que quería, con esa convicción, esa fuerza y esas ganas que uno no le vio nunca al River multimillonario de Gallardo.
Entonces ahí, donde muchos jugadores controlarían la pelota, para tirar un pelotazo al que llega vacío, Aquino la tiró primero larga, en una línea recta perfecta, el trayecto más corto al arco. Directo al gol.
Corrió como si fuera el minuto 1, como si le hubieran “choreado” el iPhone nuevo y la billetera con el aguilando en Plaza Constitución, y calculara que puede alcanzar al ratero.
Al costado le apareció un compañero para apoyarlo, los dos querían más, olían sangre y querían dar el golpe de gracia, ya la Copa la tenían.
Podrá decirse que ese acompañamiento fue tan útil como Jorge Valdano en el gol de Diego a los ingleses.
Pero la verdad, para cualquiera que juega al fútbol, es que es invalorable encarar en el uno a uno, cuando hay opción de pase al compañero desmarcado. No importa que al final el otro no la toque. Fue un gol de equipo.
Aquino hizo todo bien, porque en esas carreras puede pasar que adelantás la pelota de más, o al contrario, la llevás demasiada pegada al pie, haciendo lenta la marcha y permitiendo a los defensores que vienen corriendo atrás, cruzarse en la línea de la pelota o tirar un quite.
El pibe de Quilmes, de 21 años, lo encaró a Rossi y lo que hizo, tampoco es común.
Brillante, primero le amagó a la derecha, después a la izquierda, en un movimeinto rapidísimo.
Luego otra vez a la derecha y otra vez a la izquierda, ante un Rossi tan desconcertado que también quedó pagando y apenas movió su pie cuando por fin Aquinito salió con la gambeta corta para la derecha, para quedar bien de frente al arco.
Pateá, pateá, pensaría cualquiera, ya con el arco libre pero hasta por ahí, porque un defensor de Flamengo llegaba y podía interponerse en un tiro no demasiado fuerte. Al mismo tiempo, un disparo fuerte, siempre conlleva la posibilidad de que la pelota salga alta.
(“Cani” contaba la vez pasada que también contra Brasil en Italia 90, pensó en inclinar un poquito el cuerpo y ponerla de derecha, en lugar de eludir a Taffarel, pero dudó porque tenía miedo de que se le vaya ancha o alta, o un defensor intercepte el tiro. Y si le daba miedo era porque también él sabía que esa pelota de oro que le puso Maradona, era para hacer historia, pero que no iba a tener otra así en el resto del partido).
Como Cani, Aquino no pateó rápido. Quería todo, Lanus quería todo, la gloria, el triunfo, la grandeza de una noche que será inolvidable.
Y se guardó la pelota, y le hizo un driblling corto y se abrió, y otro toquecito más. Y ahí si, pateó contra un arco que ya se le empezaba a cerrar… La bola salió alta y adentro. Golazo.
Carrera loca otra vez al banderín para sellar una noche involvidable.
Cuánta grandeza, cuánta guapeza y cuánto fútbol para ganar una final que será recordada por siempre. Todos los hinchas argentinos gritaron ese gol.
Salvo, quizás, alguno de Banfield, el rival clásico de Lanus.
¿Y dónde estaba Banfield esa noche?
Como para remarcar el hecho de que el fútbol nos mostró el jueves las dos caras de la moneda, Banfield acababa de ser el partenaire en Nuñez de la última noche del desconcertado Marcelo Gallardo, que dejaba de ser el DT de un no menos desconcertado River.
¿Cuándo arrancó, realmente, el decepcionante ciclo de Marcelo Gallardo en el River más multimillonario de la historia?
¿Acaso haya sido cuando la riqueza y el empacho de los triunfos y las estatuas aduladoras, hicieron perder inevitablemente contacto con la realidad? ¿Cuando se empezó a perder la humildad?
River puso a Gallardo por encima del club, culpa de la institución, también.
A su vez, River también como institución se creyó más que los demás, un club europeo que se mueve en otro nivel. Mucha plata pero pocos modales, como la grosera desvinculación de Demichelis. Había otras formas, mucho lujo pero poco respeto.
El exitismo sin embargo no tapó la creciente necesidad de triunfos y un modelo de éxito al que en realidad ya se le veían las grietas hace rato.
¿Cosas que River tapó bajo la alfombra con la Gallardo-manía?
Varias, a pesar de su supuesta grandeza como DT, ningún club importante lo vino a buscar. Su gestión en Arabia Saudita fue un fracaso. Mucha realidad barrida bajo la alfombra, para tratar de seguir con el exitismo.
Pero la humildad, la modestia y el hambre de ganar no se compran. La guapeza de Lanús y su afán por hacer historia, no se pueden conseguir en ningún mercado de pases. Y River ya la había perdido hace tiempo.
Acaso River empezó a decaer también tras la borrachera de la final en Madrid. ¿O no se acuerdan que días después lo eliminó un ignoto Al-Ain del Mundial de Clubes?
Sin dudas River empezó su decadencia cuando le hicieron una estatua grosera y todos fingieron que era gracioso.
Así avanzó sin que nadie diga: “el Rey está desnudo”.
O también, quizás, el fracaso de Gallardo arrancó cuando le empezaron a decir que era “Napoleón” y se lo terminó creyendo sin ponerse firme y decir: “Córtenla”. Cuando el personaje te come vivo, aparece la tentación dificil de gambetear. La de dejarte alabar y creerte todo.
A pesar de que el último año o quizás dos años de su primer ciclo, su River ya no jugaba bien como al principio. Pero River, barría debajo de la alfombra, toda la suciedad que ahora sale.
Y cambiando el razonamiento
¿Cuándo arrancó, realmente, el ciclo exitoso de Marcelo Gallardo?
¿Fue cuando llegó él? ¿O fue un trabajo de equipo, y varios los responsables de esa era de oro?
Acaso no fue con Gallardo, sino con Matias Almeyda, que sufrido y siempre poniéndose al servicio del club y no al revés (como Cavenagui o Trezeguet), puso huevos y la cara para devolver a River a Primera División.
O también sea con ese primer campeonato de regreso en Primera, ganado por Ramón Díaz, jugando feo a veces, es cierto, pero sacándose la “mufa” de encima y una mochila que le iba a permitir a River posicionarse para el comienzo de un ciclo súper exitoso.
Pero River decidió borrar a los Almeyda o a los Díaz de su memoria, además, no van con su nuevo chip de club europeo.
¿No fueron soberbios los Rodolfo D’Onofrio o los Francescoli, destratando a Ramón como un DT que no es de “su paladar” (no le ven con perfil europeo) para convocar a Gallardo?
Las formas importan, los destratos también. El otro dia lo dijo Latorre, “hubo un karma con la salida de Demichelis, y todo se paga”. La salida de Díaz de River, no fue la más amable. Pero el exito, tapó todo.
Otra cosa a tener en cuenta sobre el primer ciclo de Gallardo.
La pobreza y la humildad que le dieron haber caido al abismo, le ayudaron mucho.
River en ese momento todavía tenia esa modestia.Por eso cuando tuvo que pagar una cifra récord por Lucas Pratto (13 palitos verdes), el mundo River, incluídos el DT, el jugador, los hinchas y la prensa, se preguntaban ¿No habremos gastado mucho?
¿Cuántas penurias había enfrentado River no tan lejos, por no tener semejante cantidad de dinero? Esas cosas te hacen humilde y te dejan marca. Y River todavía ostentaba esa moderación.
River era rico, si, pero un millonario que cuidaba su plata, que tenía los pies sobre la tierra.
Y vaya si Lucas pagó con creces, con 2 goles y medio en la final contra Boca (para mi, hizo 3).
Observen la diferencia en la forma de gastar los millones en estos tiempos.
Este River de Gallardo 2, gastó la plata de Pratto y mucha más, casi con desdén.
Ya no rompe el chanchito con cuidado, sino que lo gasta con el descuido del multimillonario desaprensivo que se compra dos Ferraris, una roja y otra azul, y después se pone a pensar cuál color le gusta realmente.
Este River, compra y compra y casi ni se fija si realmente necesita ese fichaje por el que está gastando millones. Y asi vienen los fiascos.
La pobreza y la humildad, generan trabajo duro y éxitos. La soberbia, todo lo contrario.
Juan Manuel Fangio, que salió campeón de la Fórmula Uno, cinco veces, con cinco escuderías distintas (un logro impensado hoy, aún para los Schumacher, Hamilton o Verstappen de este mundo) lo decía:
“Hay que trabajar para ser el mejor, pero nunca creerse el mejor”.
Plan B/ 28-2-2026

