Opinión.

El éxito y los millones de un River que perdió la humildad; el coraje y el carácter de un Lanús que hizo historia

Por Martín Boerr

Hay un dicho que dice que la pobreza, la escasez y las adversidades, pueden ser el punto de partida de la prosperidad, porque generan humildad, modestia, trabajo duro, esfuerzo y carácter. Y eso, a su turno, trae inevitablemente el progreso y, eventualmente, la riqueza.

De forma inversa, la abundancia y la riqueza, suelen venir acompañados de soberbia, de falta de humildad y pérdida de cáracter, lo cual tarde o temprano deriva en la ruina.

Este jueves en una súper-noche, el fútbol nos otra lección que sirve para la vida, al mostrar las dos caras de esa moneda: éxito y millones, sin alma; vs humildad y carácter para hacer historia.

En Nuñez, cerca de las 20, se cerró el decepcionante segundo ciclo de Marcelo Gallardo en un River signado por contrataciones multimillonarias, un club que se autopercibe europeo y actúa como un rico, en un país y en un fútbol en decadencia.

Un club que anda con la cabeza en excentricidades como el techado del estadio, y ojo, porque si puede, le pone aire acondicionado como en Arabia Saudita.

versus
¿Cuándo arrancó la decadencia de Gallardo? Acaso cuando el éxito se les subió a todos a la cabeza en Nuñez, cuando las exageraciones y la adulación no encontraron un freno o un contrapeso, cuando se perdió la humildad que cargaba cuando recién regreso a Primera. Una modestia que fue piedra basal del éxito de Marcelo. Lanús, siempre modesto, siempre humilde, dio una lección de guapeza y carácter en el Maracaná, en una noche inolvidable que dejó un mensaje.

Sin pena ni gloria, y más bien con una salida polémica y todavía muchas miserias por salir a la luz, se fue un hombre al que le habían hecho una estatua con un bulto (literal) bien grande, en el epítome de la adulación sin medias tintas.

Del mal gusto y la exageración, sin nadie que le diga con sentido común: el Rey está desnudo.

Pero claro, River estaba enfermo del peor virus, el exitismo y la soberbia. No caía en la cuenta de como la alcachuetería y la autocomplacencia podían incubar el futuro desastre.

La otra cara de la moneda

Mientras Gallardo hacía mutis por el foro con pena y sin gloria, a 2.700 kilómetros al Noreste, en Río de Janeiro, estábamos por asistir a una noche vibrante de fútbol, otro Maracanzo y bien puesto ese rótulo.

El protagonista esta vez era el siempre modesto Lanús, que doblegó al súper poderoso Flamengo, tres veces campeón de la Libertadores en los últimos seis años (2019, 2022 y 2025) y además subcampeón en 2021.

El club con la hinchada más grande del mundo y billetera galáctica, jugando en su propia casa.

Me enganché con esa finalísima cuando Lanús ya empataba 1 a 1 y se defendía metódico, con prolijidad pero ya empezaba a pasar sobresaltos.

Cedía demasiado peligrosamente la pelota al “Mengao”, para mi gusto. Soy de los que creen que esos asedios interminables, tarde o temprano terminan doblegando la defensa del equipo que se mete tan atrás.

Pero Lanús se defendió bien, con carácter, con disciplina. La tevé pasó la definición de Rodrigo Castillo en el primer gol de Lanús, y no pude sino admirar la gran definición.

Cómo un jugador tiene la habilidad para transformar una jugada que para otros (acaso para un rutilante fichaje de River) sería otra jugada más, incluso hasta intrascendente.

No para el de Lanús, que sabedor que quizás ya no tendría otras así, le sacó dulce de leche y crema a la oportunidad.

La modestia es así, vas de vacaciones a Mar del Tuyú y te sentís como en el Caribe. En cambio, cuando lo tenés todo, llegás al Club Med y empezás a reparar en si faltan toallas o te pusieron en una habitación con mala vista, o si al bufet del desayuno le faltaba alguna fruta exótica.

A veces pareciera que Dios reparte mal las cartas, pero después la vida acomoda los tantos y todo se puede equiparar.

Castillo no chamboneó, gambeteó a Rossi con un toque certero y sin demora, de primera, pispeó el arco y le dio con la fuerza suficiente para que la bola traspasara la línea, rápido antes del cierre de un defensor que ya casi llegaba a interponerse en la linea de tiro.

Pero no tan fuerte como para dejar librado al azar la dirección del mismo. Y descontando la natural parábola hacia la izquierda que da semejante pase largo al arco con la cara interna del pie derecho. Pura precisión y coraje. Hay que hacer ese gol, a otro se le va ancha o le pasa algo.

No a Castillo, no esta noche de vibrantes emociones.

Con ese carcácter jugó Lanús el segundo tiempo, supo encajar el golpazo del segundo gol de Flamengo (por cierto, el arquero de Lanús casi se la saca a Jorginho, con ese saltito raro, lo pateó con categoría si, pero casi le sale mal y terminó zafando) y llegó al alargue.

Lo mejor estaba por venir.

Al contrario de lo que pensábamos muchos, Lanús cambió el libreto, sacó piernas de donde no tenía y fue a tratar de mojarle la oreja a un Flamengo que ya también estaba muy cansado y tampoco quería regalarse atrás.

Y así vino el pelotazo de izquierda a derecha, un delantero de Lanús que la paró con categoría y el zapatazo del recién ingresado Walter Bou, que le dio incómodo de donde estaba, sabedor de que había que sacarle jugo a lo que cayera cerca -o lejos- del arco. Al final, consiguió córner.

Y vino el centro de Sepúlveda y el extraordinario gol del “paragua” José Canale.

flamengo v lanus conmebol recopa 2026
El paragua José Canale acaba de poner un cabezazo descomunal para sellar la Copa.

Miren la jugada, el cabezazo, la mayoría de las veces, cuando la pelota queda tan atrás, el cabeceador le da incómodo y el tiro sale para cualquier lado. Pero el paraguayo -otro que sabe que con lo poco que hay, se debe sacar mucho-, retorció el cuello, y lo tiró un poco para atrás y para el costado y logró así colocar el frentazo justo para ponerla al ángulo.

Golazo, emocionante, corrida y festejo en el banderín del corner.

Emocionante Lanús, ya estabamos ante una finalísima, un partidazo vibrante de esos que quedan en la memoria para siempre, y no de esas finales que hoy se hacen como chorizos, sin alma, solo para repartir premiaciones. Titulos que nadie recuerda apenas pasados unos días.

La FIFA, la Conmebol o la AFA podrán emitir finales como la Argentina emitía moneda, y por ende, devaluar la palabra “campeon”; pero las noches históricas, emocionantes, vibrantes de fútbol y los verdaderos Maracanazos, esos nunca se pueden arreglar en un escritorio y son noches reservadas para momentos únicos y hombres elegidos.

Y ahí estábamos todos, ya prendídisimos al televisor (al prinicipio, pensaba mirar un ratito de Lanus-Flamengo y después seguir maratoneando House of Cards, pero al final lo que hizo el Granate me dejó clavado ante la pantalla).

¿Decía que River no tiene alma? ¿Que los millones y la soberbia le hicieron perder la humildad, el trabajo y el carácter?

Lo que a River le falta y los millones no pueden comprar, es lo que estaba mostrando Lanús y lo que estaba por plasmar en una jugada que quedará grabada en la memoria de muchos futboleros. El gol de Dylan Aquino.

Guapo, Lanús.

No conforme (cómo la pobreza genera ese “hambre” de gloria imposible de simular, se tiene o no se tiene) con tener la Copa en el bolsillo solo con defenderse, lo fue a rematar al poderoso “Mengao”, ya agrandadísimo con la única bala que le quedaba en la cartuchera.

Porque a Lanús, lo que le faltaba en piernas, en presupuesto y recursos, en escasa atención del mundo fútbol, como contrapeso, le sobraba en corazón y afán de dejar una huella.

Cada cosa que pasó en el segundo gol, se sale de lo normal. La forma en que Aquino corrió para llegar a bloquear el despeje del defensor de Flamengo, más como un tapón del rugby cuando viene el kick rival.

Saltó en el aire y se puso de perfil para tratar de cubrir la mayor cantidad de espacio frente al rival.

Dylan logró bloquear la pelota. El balón bien podría haberse ido afuera, o podría haber volado para cualquier lado.

hq720
River perdió 12 de 15. Un comienzo del año para el olvido, la crisis no se termina con la ida de Gallardo.

Pero acaso esta súper noche había alguien arriba que quería terminar de redondear un mensaje, para quien quiera escucharlo.

La pelota le quedó al atacante, que apenas aterrizó ya sabía lo que iba a hacer, ya sabía lo que quería, con esa convicción, esa fuerza y esas ganas que uno no le vio nunca al River multimillonario de Gallardo.

Entonces ahi, donde muchos jugadores controlarían la pelota, para tirar un pelotazo al que llega vacío, Aquino la tiró primero larga, en una línea recta perfecta, el trayecto más corto al arco, directo al gol.

Corrió como si fuera el minuto 1, como si le hubieran “choreado” el iPhone recién comprado y la billetera con el medio aguilando en Plaza Constitución, y calculara que puede alcanzar al ratero.

Al costado le apareció un compañero para apoyarlo, los dos querían más, olían sangre y querían darle el golpe de nocaut al Flamengo en el Maracaná, ya la Copa la tenían.

Podrá decirse que ese acompañamiento fue tan útil como Jorge Valdano en el gol de Diego a los ingleses.

Pero la verdad, para cualquiera que juega al fútbol, es que es invalorable encarar en el uno a uno,  cuando hay opción de pase al compañero desmarcado. No importa que al final no la toque. Fue un gol de equipo.

Aquino hizo todo bien, porque en esas carreras puede pasar que adelantás la pelota de más, o al contrario, la llevás demasiada pegada al pie, haciendo lenta la marcha y permitiendo a los defensores que vienen corriendo atrás, cruzarse en la línea de la pelota o tirar un quite.

El pibe de Quilmes, de 21 años, lo encaró a Rossi y lo que hizo, tampoco es tan común.

Brillante, no solo con garra y coraje, primero le amagó a la derecha, después a la izquierada, en un movimeinto rapidisimo.

Luego otra vez a la derecha y otra vez a la izquierda, ante un Rossi tan desconcertado que también quedó pagando y apenas movió su pie cuando por fin Aquino salió con la gambeta corta para la derecha y quedar bien de frente al arco.

Pateá, pateá, pensaría cualquiera, ya con el arco libre pero hasta por ahí, porque un defensor de Flamengo llegaba y podía interponerse en un tiro no demasiado fuerte. Al mismo tiempo, un tiro fuerte, siempre conlleva la posibilidad de que la pelota salga alta.

(“Cani” contaba la vez pasada que también contra Brasil en Italia 90, pensó en inclinar un poquito el cuerpo y ponerla de derecha, en lugar de eludir a Taffarel, pero dudó porque tenía miedo de que se le vaya ancha o alta, o un defensor intercepte el tiro).

Pero Aquino quería todo, Lanus quería todo, la gloria, el triunfo, la grandeza de una noche que será inolvidable.

Y se guardó la pelota, y le hizo un driblling corto y se abrió, y otro toquecito más. Y ahí si, pateó contra un arco que se le terminaba ya… Fue alta y adentro. Golazo.

Carrera loca otra vez al banderín para sellar una noche involvidable.

Cuánta grandeza, cuánta guapeza y cuánto fútbol para ganar una final que será recordada por siempre. Todos los hinchas argentinos gritaron ese gol.

Salvo quiás alguno de Banfield, el rival clásico de Lanus.

¿Y dónde estaba Banfield esa noche?

Como si fuera parte de un mensaje que dice que el jueves la vida nos mostró las dos caras de la moneda, justamente Banfield acababa de ser el partenaire en Nuñez de la última noche del desconcertado Marcelo Gallardo, que dejaba de ser el DT de un no menos desconcertado River.

¿Cuándo arrancó el decepcionante ciclo de Marcelo Gallardo en el River más multimillonario de la historia?

Acaso haya sido cuando la riqueza y el empacho de los triunfos y las estatuas aduladoras, hicieron perder inevitablemente contacto con la realidad. Cuando se empezó a perder la humildad.

River puso a Gallardo por encima del club, culpa de la institución, también.

A su vez, River también como institución se creyó más que los demás, un club europeo que se mueve en otro nivel. Mucha plata pero pocos modales, como la grosera desvinculación de Demichelis.

Mucha adulación para tapar que a Gallardo no lo había ido a buscar ningún club grande europeo cuando dejó River. O para tapar su fracasado paso por Arabia Saudita. Mucha realidad barrida bajo la alfombra para tratar de seguir con el exitismo.

Pero la humildad, el trabajo duro, la modestia y el hambre de ganar y dejar huella no se compran. La guapeza de Lanús y su afán por hacer historia, no se pueden conseguir en ningún mercado de pases.

Acaso River empezó a decaer tras la final en Madrid, o cuando a Gallardo le hiceron la estatua con un ridículo bulto que nadie se atrevió a cuestionar.

Así avanzó sin que nadie diga, “el Rey está desnudo”.

Quizás, el fracaso de Gallardo arrancó cuando le empezaron a decir que era “Napoleón” y se lo terminó creyendo. Cuando el personaje te come vivo, una tentación dificil de gambetear cuando todo es triunfos.

A pesar de que el último año o quizás dos años de su primer ciclo, su River ya no jugaba bien como al principio. Pero River, barría debajo de la alfombra, toda la suciedad que ahora sale.

Y cambiando el razonamiento ¿Cuándo arrancó el ciclo exitoso de Marcelo Gallardo?

¿Fue cuando llegó él? ¿O fue un trabajo de equipo, y varios los responsables de esa era de oro?

Acaso no fue con Gallardo, sino con Matias Almeyda, que sufrido y siempre poniéndose al servicio del club y no al revés (como Cavenagui o Trezeguet), puso huevos y la cara para devolver a River a Primera División.

O también sea con ese primer campeonato de regreso en Primera, ganado por Ramón Díaz, jugando feo a veces, es cierto, pero sacándose la “mufa” de encima y una mochila que le iba a permitir a River posicionarse para el comienzo de un ciclo súper exitoso.

Pero River decidió borrar a los Almeyda o a los Díaz de su memoria, además, no van con su nuevo chip de club europeo.

¿No fueron soberbios los Rodolfo D’Onofrio o los Francescoli, destratando a Ramón como un DT que no es de “su paladar” (no le ven con perfil europeo) para convocar a Gallardo?

Las formas importan, los destratos también. El otro dia lo dijo Latorre, “hubo un karma con la salida de Demichelis, y todo se paga”. La salida de Díaz de River, no fue la más amable. Pero el exito, tapó todo.

Otra cosa a tener en cuenta sobre el primer ciclo de Gallardo.

La pobreza y la humildad que le dieron haber caido al abismo, le ayudaron mucho.

River en ese momento todavía tenia esa modestia.Por eso cuando tuvo que pagar una cifra récord por Lucas Pratto (13 palitos verdes), el mundo River, incluídos el DT, el jugador, los hinchas y la prensa, se preguntaban ¿No será mucho?

River era un rico, si, pero que cuidaba su plata, que tenía los pies sobre la tierra.

Y vaya si Lucas pagó con creces, con 2 goles y medio en la final contra Boca (para mi, hizo 3, 2 en la Boca y 1 en Madrid).

Observen la diferencia en la forma de gastar los millones.

Este River de Gallardo 2, gastó la plata de Pratto y mucha más, casi con desdén.

Ya no rompe el chanchito con cuidado, sino que lo gasta con el descuido del multimillonario desaprensivo y que perdió todo contacto con la realidad.

Este River, compra y compra y casi ni se fija si realmente necesita eso por lo que está gastando millones. Y asi vienen los fiascos.

La pobreza y la humildad, generan trabajo duro y éxitos. La soberbia rica, todo lo contrario.

Juan Manuel Fangio, que salió campeón de la Fórmula Uno, cinco veces, con cinco escuderías distintas (un logro impensado hoy, aún para los Schumacher, Hamilton o Verstappen de este mundo) lo decía:

“Hay que trabajar para ser el mejor, pero nunca creerse el mejor”.

Plan B/ 28-2-2026

 

 

 

 

 

 

Cargando visitas...