Por Diego Hartfield *
Durante años, la economía argentina funcionó bajo un régimen de desconfianza crónica. Desconfianza en el peso, en los gobiernos, en los datos. Esa desconfianza alimentó la inflación, la demanda de dólares y la inestabilidad. Por eso, cuando se liberó el cepo cambiario, muchos esperaban un cimbronazo. Sin embargo, ocurrió lo contrario: el peso se fortaleció. ¿Por qué?
La primera clave está en la estructura profunda del programa económico. Desde hace más de un año, el gobierno sostiene con firmeza el superávit fiscal. Mes tras mes, los ingresos superan a los gastos. En un país con larga tradición de déficit crónico, eso parecía imposible. Pero la señal se volvió creíble, y el mercado comenzó a aceptar que el orden fiscal era real. Esa credibilidad es lo que permite, en gran parte, que el peso comience a recuperar su valor.
El segundo punto es la confianza. Mientras existía el cepo, esa confianza era incompleta. ¿Cómo confiar plenamente en una moneda si no podés decidir libremente qué hacer con ella? La salida del cepo era la última gran barrera. Y lejos de generar una corrida, como muchos auguraban, generó un efecto inverso: el mercado entendió que ahora podía confiar. Que no era necesario salir corriendo al dólar, porque las reglas eran claras.
Ese cambio en la confianza tiene efectos concretos sobre la economía real. Cuando uno no espera que el peso pierda valor rápidamente, no tiene urgencia por gastarlo. La velocidad del dinero se desacelera. Las personas dejan de comprar por las dudas. Y los bienes, que históricamente fueron refugio ante la inflación, hoy ya no lo son. Es más, para muchos sectores, hoy vender es un problema. Ese “enfriamiento ordenado” es lo que permite que la inflación siga bajando, y que el gobierno apueste a llevarla a niveles cercanos a cero.
En este escenario, muchos insisten con la idea de que el dólar está atrasado. Que hay colas para comprar en Paraguay o Chile. Pero hay algo que seguimos sin asumir: Argentina no es cara por el dólar, es cara por su estructura. La presión impositiva, la ineficiencia del Estado, los costos productivos desmesurados… todo eso encarece el país sin necesidad de que el tipo de cambio esté desalineado. De hecho, hoy las tasas en pesos rondan el 35% anual, y con un tipo de cambio estable, todavía hay recorrido para seguir estando en pesos.
Finalmente, el contexto internacional puede jugar a favor. Tanto China como Estados Unidos están negociando un posible acuerdo comercial, y Trump postergó por 90 días la aplicación de nuevos aranceles. En lo que va del año, los mercados globales sufrieron mucho —el S&P 500 aún acumula una caída del 11%—, pero si el clima se estabiliza, podemos beneficiarnos de un período de tranquilidad externa.
En ese caso, lo lógico sería ver una baja en las tasas locales, hoy cercanas al 40% anual, y una convergencia hacia expectativas de inflación y tasas más cerca del 20%. Todo depende, nuevamente, de la confianza. Pero esta vez, la base sobre la que se construye es más firme.
*Diego Harfield es asesor en inversiones financieras.

