Tragedia y debate nacional en 1914.

16 cadáveres y un debate que cambió la historia del mensú

Por Patricio “Paddy” Downes

En mayo pasado se cumplieron 98 años de uno de los hechos de violencia que eran habituales en el río Paraná de los mensúes, que traspasó todos los límites y concitó un encendido debate en el Congreso Nacional.

Fue en 1914 una época donde los cadáveres flotaban en el río, derivaban aguas abajo hacia Posadas desde los campamentos de yerba mate del Alto Paraná, controlados por la oligarquía porteña.

Eran mensús, peones, mineros de la selva, conchabados, y quizás bastó un pedido de aumento, una simple queja por la horrible comida de charque, poroto o grasa, para que el patrón yerbatero ordenara a sus “capangas” que los libren de todo mal.

Uno o dos “ahogados”, de vez en cuando, no alarmaban, aunque un sudor frío corría por la espalda de los testigos anticipando pesadillas
espantosas.

Pero 16 cadáveres, en pocas semanas, enganchados por la Prefectura Argentina y traídos a la orilla cerca del Puerto de Posadas, fue demasiado. Uno de ellos, atado a una pieza de hierro de un barco a vapor.

En ese 1914 gobernaba Victorino de la Plaza en la Nación, Posadas tenía unos 12.000 habitantes y viajar a Cataratas del Iguazú pasó a ser un paseo hacia el “corazón de las tinieblas”, como en el mítico texto de Joseph Conrad.

En mayo de ese año aparecieron 16 cadáveres en el lapso de dos semanas.

Victorino de la Plaza, el presidente en 1914, año en que comenzó la 1era Guerra Mundial. Un mandatario a la medida de la oligarquía.

Flotaban a la deriva, hinchados, con señales de tortura, mutilados, los rostros irreconocibles, sin carne en el rostro, la calavera al sol y “unos cartílagos temblorosos”.

Los muertos del Alto Paraná no tienen apellido ni familia, tampoco historia.

Pero ese mayo del año 14 del siglo XX los hechos enfilaron hacia una repercusión nacional e internacional.

Vecinos de Posadas enviaron una carta al presidente De la Plaza (remplazante de Roque Sáenz Peña, enfermo, que no terminaría su período) escandalizados por tanta crueldad, muerte e impunidad.

El 29 de mayo de 1914, a propuesta del socialista Juan B. Justo, la Cámara de Diputados decidió llamar al recinto al ministro del Interior,
Miguel S. Ortiz.

Ese mismo año, los socialistas en el Congreso desenmascaran al juez Severino González y, sin éxito, lo llevan a juicio político.

Al final, logró otro cargo similar en La Pampa. Esa iniquidad venía intacta desde 1881, cuando el primer gobernador del Territorio de Misiones, el tucumano Rudecindo Roca, inauguró la rapiña institucional.

Juan B. Justo, el héroe del socialismo en las primeras décadas de un siglo XX “problemático y febril”, como relata Discépolo en su tango “Cambalache”.

La picardía de Severino González fue procesar por fraude a la peonada conchabada por almaceneros de la Bajada Vieja. Así es que echó al gran Macedonio Fernández (entonces fiscal), por no avalar tamaño dislate jurídico, propio de una “deuda de orden civil”.

Pero esta es otra historia, a desarrollar a su tiempo. Lo cierto es que el crimen de los capangas y patrones yerbateros no
pudo ser escondido.

Aunque el Paraná arrastra unas 25 millones de toneladas de arena, (800.000 camiones al tope de su carga) y unas 130 millones de toneladas, arrancadas del Bermejo a Los Andes, los cuerpos de los mártires boyaron hacia Posadas.

La presencia del ministro Ortiz, de la más alta alcurnia de Salta, fue fijada para “después del 5 de junio” de 1914. Pero ese mismo 29 de
mayo, Juan B. Justo encaró señalando el “cuadro de horror que la condición de los trabajadores argentinos y extranjeros” padecen en el
Alto Paraná.

Justo relató que venía de visitar Misiones, donde el gobernador Gregorio López le confirmó el paso de 16 cadáveres frente a Posadas,
recogidos por a Subprefectura de Posadas. La mayoría “con lesiones corporales violentas”.

Y en este punto, comienza lo dramático de la negación del Gobierno. Sería un chiste o broma de mal gusto, pero están de por medio vidas
humanas. En un diario conservador porteño, se dijo que “las cosas no eran tan graves porque de los 16 cadáveres, 11 había sido vista en
aguas paraguayas, y sólo cinco en aguas argentinas.

Y otra nota tragicómica. Se cuestionó la conducta del juez letrado de Misiones, Severino González, quien encarceló trabajadores por
defraudación “tratándose de una deuda de orden civil”, recordó Justo en el diario de sesiones del 29 de mayo 1914.

Ortiz, ministro del Interior interpelado en la sesión del 12 de junio de 1914, no dejó absurdo por pronunciar. Se convocaba al aristócrata
salteño qué medidas tomará “para garantizar la libertad y la vida de los trabajadores en el Alto Paraná”.

Aunque luego el gobierno nacional torció los hechos, el gobernador del Territorio Nacional de Misiones, coronel Gregorio López, informó que decenas de cadáveres llegaban a Posadas, corriente abajo.

Irreconocibles, con “vestigios de lesiones corporales violentas”, (Justo) Las terribles condiciones de vida de los mensús venían siendo
denunciados por “La Vanguardia” desde principios de siglo. Y ese año un grupo de vecinos de Posadas alertó sobre el macabro espectáculo al presidente de la Nación.

También el diario “La Prensa” informó sobre esas matanzas. “La Nación” admitió que 16 cadáveres boyaban en el río, pero que el límite era favorable 5 contra 11 para la Argentina.

El gobernador Gregorio López transcribió en su informe a la Nación los datos del jefe de Prefectura de Posadas, subprefecto Lorenzo Sacón.

Por eso el juez Severo González envió al Congreso de la Nación un telegrama jurando que 11 de los 16 cadáveres, eligieron su velorio
acuático del lado paraguayo.

Además, pidió un castigo para Sacón y dijo que los 5 muertos en aguas argentinas correspondían a ahogados, y al menor Montenegro, muerto en una reyerta.

Y luego entró en escena el ministro Ortiz, de la más rancia oligarquía de Salta, y sus dislates pasaron a la historia en el Diario de Sesiones del 5 de junio de 1914.

Tal como dijo el juez carcelero de mensús, afirmó que el subprefecto Sacón “se había retractado”.

Ortiz menciona un informe de Niklison, inspector del Departamento de Trabajo, quien recorrió los obrajes agasajado por los yerbateros y
admitió que “el sistema de conchabo es pésimo”, el transporte fluvial “deficiente”, los salarios bajos y el cambio por mercadería muy caro.
Y el ministro arranca enseguida con su análisis lombrosiano. “Esa gente no quiere ir a hospitales sino a los curanderos”, es “gente a
medio civilizar” y no vale la pena mejorar sus condiciones.

Y por más que le den al mensú una comida de calidad, prefiere el reviro y el yopará, ¡asegura este ministro de la Nación!

El ministro Ortiz ingresa luego en lo que parece ser un elogio. “El peón del Alto Paraná es excepcional”. En otras palabras, que el mensú puede ser explotado como una “bestia” y que además, es “Ignorante, desconocedor del más elemental confort de la vida, no sólo no pide
mejoras sino que parece satisfecho con su situación actual”.

Mayor hipocresía no se puede hallar. Y no se trata de literatura, ni de charlas de café, son discursos en el recinto de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación. Entre las tibias propuestas, Ortiz anunció una oficina de informaciones para los peones del Alto Paraná, donde se confecciona una libreta de trabajo.

Lo que sigue en boca del ministro del gobierno de Victorino de la Plaza (suplantaba a Roque Sáenz Peña, enfermo y luego fallecido) roza los límites de la indignidad y la crueldad humanas.

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