De andanzas y pujanzas

No deja de sorprenderme la capacidad que tenemos muchos argentinos para que al final del día, todo aquello que nos duele quede relegado en algún que otro rincón, para volver a empezar cada vez que llega el alba.

Hay quienes dicen que esa pujanza la adquirimos con el vaivén propio de nuestra historia y sus tantas adversidades, que redefinen nuestros escenarios de la noche a la mañana, o cíclicamente cada 10 años. 

Dos tuits fueron las herramientas que nuestro gobierno nacional eligió para comunicar las decisiones tomadas para el porvenir del pueblo argentino: una renuncia de 182 caracteres y un anuncio redactado en 197, con error ortográfico incluido.

Creo que a los misioneros no nos asombró el medio y menos el mensaje, pues hace ya tiempo nos enteramos de las novedades gubernamentales vía posteos personales de las autoridades en redes sociales. 

En el mientras tanto de aquellos tuits, transcurrieron 28 horas y durante gran parte de ellas, una horda de gente random celebró el hecho de que las autoridades máximas del país “dialoguen” durante menos de una hora y por teléfono, tras meses de tire y afloje para definir qué viejo alfil suman al tablero.

Celebrar el diálogo en un país con democracia pareciera un chiste de mal gusto, pero no, es parte de nuestra argentinidad al palo

Me arriesgo a decir que en esa secuencia, varios de quienes pisan los 40 -como yo-, se habrán remontado a aquellos días de secundaria en los que daba miedo prender la tele porque uno no sabía con qué medida extraordinaria se encontraría, definida claro, desde alguna oficina citadina con impacto en el país entero.

Viente años después, a pesar de que se repita una y mil veces la palabra federalismo en todos los medios, la realidad y el bolsillo nos siguen demostrando que aquel país que se mueve en subte está siempre distante de ese otro, que exige calzar alpargatas y embarrarse los pies.

En aquella época álgida que antes mencionaba, había mucho quilombo en las calles y nuestra moneda estaba más volátil que de costumbre, pero la crisis no era solamente económica sino también de representación social y política.

Recuerdo los silencios y los suspiros de mis viejos pero también, los enojos de la señora Clemira al ver en jaque todos sus ahorros dignamente logrados para la posteridad.

Algunas cosas no cabían en la cabeza de la mujer que -como miles de argentinos- dedicó su vida a trabajar impecablemente, respetando a capa y espada a las instituciones, cumpliendo las normas y cuidando las formas. Con los años, entendí que “La Eficiencia del Gasto Público” no era sólo el título de su libro, sino que entrelíneas, decía mucho más de ella misma. 

Mientras estudiaba en Buenos Aires, la abuela me visitaba seguido y con la excusa de verlo a Charly, solíamos sentarnos a picar algo en el bar de la mítica esquina de Coronel Díaz y Santa Fe.

Con aquellas escenas conocí sus matices, sus aventuras e incluso eso que la marcó a fuego. Metódicamente, se pedía un vermut y lo disfrutaba con un regocijo digno de admirar. En ese pequeño gusto que se daba, en realidad afloraban todos sus logros y se escondían cada uno de sus padecimientos. Si ese espectáculo ya me maravillaba en aquel entonces, ¡imagínense ahora con la nostalgia!

Clemira nunca olvidó de dónde venía, aunque en ocasiones disimulaba a la perfección. Durante su vida, desarrolló estrategias para mitigar las peripecias que soportó.

Acopiar alimentos “para que nunca falte” era una de ellas, y vaya si la juzgamos por ignorantes y por nunca haber sufrido hambre. Hasta el último día de lucidez agradeció a sus padres la posibilidad de concretar su carrera universitaria y eso lo replicó como mejor le salió con las dos mujeres que continuaron su linaje. 

En su figura, veo a miles de argentinos, esos que pujan desde la constancia y el trabajo, a fuerza de perseverancia, pase lo que pase. Cada vez que nuestra realidad duele e independientemente de quién esté al mando y qué fórmulas mágicas estén de turno, los que pujan sostienen a la comunidad y definen rápidamente alguna que otra estrategia de supervivencia.  

El domingo pasado, tan caótico como lamentable, ellos esperaron hasta casi medianoche algún guiño del gobierno que mitigue la incertidumbre.

Yo también lo hice: estuve atenta a Twitter y recorrí C5N, TN, Crónica y La Nación, buscando un símbolo de paz. Muchos, nos dormimos tarde sin éxito alguno pues no hubo mensaje presidencial, sólo hipótesis mediáticas y fábulas partidarias.

Y, a pesar de la tremenda pichadura, el lunes nos levantamos, nos llenamos la panza y salimos a trabajar tanto en la ciudad como en la chacra. Porque el país de los que pujan no especula con feriados bancarios y tampoco se paraliza con el silencio del gobierno. Se labura igual, llueva o haya sol, esté Guzmán, Lavagna o Batakis. De lo contrario, los números no nos cierran, las ollas no se llenan y “la cosa no adelanta”.

Y mientras los que pujamos nos ponemos al hombro el día a día y sumamos esperanzas en el propio derrotero, nuestras prioridades se ningunean, se postergan y van alargando la esquela de materias pendientes que quedarán en algún que otro despacho. Total, la culpa seguramente será del que vendrá. 

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